A tres mil metros de altura pudo verla de nuevo. Sólo fueron unos segundos, suficientes para sentir un fuerte hormigueo en el vientre. La luz bermellón parecía difuminar su rostro poblado de pecas, pero al observarla detenidamente no le quedaron dudas. Era ella. ¡Ella! Le parecía que había pasado mucho desde la primera y única vez que juntos compartieron un momento. Apenas un par de años para que el mundo diera vueltas y volviera a colocarla en su camino.
Con una dulce tristeza notó que estaba delgada, aún más de lo que recordaba. Era todita huesos forrada en tan poquita piel. La profundidad de sus órbitas hacía imposible apreciar sus ojos azules y traviesos. Tampoco podía escuchar el tono de su voz inquietante. Era tan extraña su belleza que nadie reparaba en ella. Ni ahora ni aquella tarde de septiembre que la conoció, a las afueras del Luna Park, en aquel concierto al que oficialmente asistieron veintiséis mil personas, pero podía jurar que fueron muchos más.
Las entradas que Lalo, su hermano mayor, había conseguido eran para la segunda función y la cola era interminable. Atropellando desde atrás, lograron superar a la muchedumbre y llegar hasta Guille, el mejor amigo de Lalo e hincha de River, quien les guardaba sitio desde temprano. A su costado estaba Cecilia, la novia de Guille, Laurita, su hermana que toda la vida ha estado enamorada de Lalo, por eso se apuró en hacerle espacio, y una pelirroja desconocida, amiga de Laurita, que era pura sonrisa.
Sin haber sido presentados, Guille haló de su brazo e hizo que se colocara detrás de ella, antes que llegaran los oficiales y lo cogieran a palazos. No se abochornó ante las pifias de la gente, pero sí al sentir el estrecho contacto con sus caderas. La miró como intentando disculparse y ella volteó sonriendo como si no le importase.
Supo sin que le preguntara que se llamaba Fabiana, que tenía diecisiete años y vivía en La Boca, cerca de Caminito. Que era estudiante de medicina en la UBA y formaba parte de la Juventud Guevarista. “¿Vos cómo te llamás?” Entre tartamudeos le dijo que se llamaba Omar y era soldado de la Segunda Brigada de Infantería. “Formás parte de un Ejército loco, tenés veinte años y el pelo muy corto”, le dijo y él sólo sonrió sin poder responder, sintiéndose menos porque nunca en su vida había sabido decirle nada bonito a una mujer.
Al cumplir los dieciocho quiso conseguir una novia como la que tenía la mayoría de pibes en el barrio. La única chiquilla que aceptó salir con él fue la hija de un gran amigo de la familia, pero al tenerla a su lado se quedó callado, reemplazando con el The dark side of the moon las palabras que jamás osaría a decir. Cansado de su poca personalidad, su padre lo empujó a que postulara al Ejército, así dejaría de ser boludo y se ganaría el respeto de todos. Le costó mucho, como a tantos, adaptarse a la vida militar, pero había que reconocer que a base de insultos y duro entrenamiento, la candidez se la quitaron temprano. No tenía agallas quizá para expresar lo que sentía a una mujer, pero sí para masacrar a un grupo de prisioneros del ERP en la provincia de Tucumán.
Con una dulce tristeza notó que estaba delgada, aún más de lo que recordaba. Era todita huesos forrada en tan poquita piel. La profundidad de sus órbitas hacía imposible apreciar sus ojos azules y traviesos. Tampoco podía escuchar el tono de su voz inquietante. Era tan extraña su belleza que nadie reparaba en ella. Ni ahora ni aquella tarde de septiembre que la conoció, a las afueras del Luna Park, en aquel concierto al que oficialmente asistieron veintiséis mil personas, pero podía jurar que fueron muchos más.
Las entradas que Lalo, su hermano mayor, había conseguido eran para la segunda función y la cola era interminable. Atropellando desde atrás, lograron superar a la muchedumbre y llegar hasta Guille, el mejor amigo de Lalo e hincha de River, quien les guardaba sitio desde temprano. A su costado estaba Cecilia, la novia de Guille, Laurita, su hermana que toda la vida ha estado enamorada de Lalo, por eso se apuró en hacerle espacio, y una pelirroja desconocida, amiga de Laurita, que era pura sonrisa.
Sin haber sido presentados, Guille haló de su brazo e hizo que se colocara detrás de ella, antes que llegaran los oficiales y lo cogieran a palazos. No se abochornó ante las pifias de la gente, pero sí al sentir el estrecho contacto con sus caderas. La miró como intentando disculparse y ella volteó sonriendo como si no le importase.
Supo sin que le preguntara que se llamaba Fabiana, que tenía diecisiete años y vivía en La Boca, cerca de Caminito. Que era estudiante de medicina en la UBA y formaba parte de la Juventud Guevarista. “¿Vos cómo te llamás?” Entre tartamudeos le dijo que se llamaba Omar y era soldado de la Segunda Brigada de Infantería. “Formás parte de un Ejército loco, tenés veinte años y el pelo muy corto”, le dijo y él sólo sonrió sin poder responder, sintiéndose menos porque nunca en su vida había sabido decirle nada bonito a una mujer.
Al cumplir los dieciocho quiso conseguir una novia como la que tenía la mayoría de pibes en el barrio. La única chiquilla que aceptó salir con él fue la hija de un gran amigo de la familia, pero al tenerla a su lado se quedó callado, reemplazando con el The dark side of the moon las palabras que jamás osaría a decir. Cansado de su poca personalidad, su padre lo empujó a que postulara al Ejército, así dejaría de ser boludo y se ganaría el respeto de todos. Le costó mucho, como a tantos, adaptarse a la vida militar, pero había que reconocer que a base de insultos y duro entrenamiento, la candidez se la quitaron temprano. No tenía agallas quizá para expresar lo que sentía a una mujer, pero sí para masacrar a un grupo de prisioneros del ERP en la provincia de Tucumán.
Apenas ingresaron al Luna Park, la luz se apagó y el griterío era total. De repente el efecto sonoro producido por un melotrón y las luces de diferentes matices que iluminaban al cantante. Yo miro por el día que vendrá. Hermoso como el sol en la ciudad. La música de Sui Generis jamás le había atraído y los calificaba como un dúo de maricas. Sus gustos lo llevaban a la corriente progresiva, hacia Crimson, Floyd, Yes y el Genesis de Peter Gabriel. Aparte de la frágil apariencia de Nito y la de “Lennon tuberculoso” de Charly, pensaba que el rock no podía ser tan suavecito y empalagoso, y si estaba presente en ese concierto de despedida era por el nivel experimental que tenía el Instituciones, su último disco, que podía ser interesante escucharlo en vivo, además de ser testigo de un momento que, de hecho, tendría trascendencia en la historia del rock nacional.
Siempre el mismo terror a la soledad, y quizá esperaré en vano, a que me dieras tu mano, cuando el sol me viene a buscar, para llevar mis sueños al justo lugar. Si bien intentaba aparentar que la música no le gustaba, ver a la pelirroja a su lado, cantando con tantas ganas, le animó a dejarse llevar por un ambiente que parecía hechizado con el pianista chiflado y el flautista de Hamelin. Al llegarle el momento de cantar y dónde estás, adonde has ido a parar, y qué se hizo de tu sombrerito gris, la muchacha pegó su anatomía y tomó su mano sin consultarle, alzándola como tantos. Él sintió una corriente, un hincón que surcó su línea vertebral y también se puso a cantar. No lo creía pero sabía más canciones de lo que imaginaba. Te encontraré una mañana, dentro de mi habitación y prepararás la cama para dos. Mas que fijarse en el escenario, no podía dejar de contemplar a la pelirroja y deleitarse con las expresiones de su cara. A ratos parecía reír, llorar, gozar, ansiar. Antes que empezara No llores, nena, que no es la muerte. Estoy en busca de algo naranja y verde, ella pescó uno de los pitillos de marihuana que circulaba y le dio de fumar. Quizá por eso no sintió temor de abrazarla, de sentir el calor de su cuerpo contra su pecho, de embargarle una sensación de felicidad que no había sentido jamás. A la voz de Nito cantándole a la niña que ha sido enterrada viva en Rasguña las piedras, la pelirroja, emocionada y sin parar de fumar, le acarició su rostro que llevaba días sin afeitar, depositando la cabeza en su hombro. Él atinó a tomarla fuerte de la cintura y, en un arrebato, se atrevió a levantarle el mentón y besarle los labios. Era su primer beso. El húmedo contacto se tradujo en la extrema felicidad que produce el tener lo que siempre se ha anhelado y nunca se ha podido. Era tanta su excitación que hubiese rogado porque cada canción durase para siempre.
Mari Huana, Maria Elena, María Juana, que más da. Por debajo de la frazada, todas se llaman igual. Dame amor hasta mañana, yo te daré algo más. Desvestite no seas mala, si eso es lo más natural. Si lo hace hasta mi hermana y lo hizo mi mamá.
Los sucesos posteriores al cuarto pitillo que fumó eran como una nebulosa. Sabía que se quedó hasta tarde entre tanta gente insistiendo inútilmente que Sui volviera al escenario. Alguien propuso continuarla en un boliche aledaño y a la tercera cerveza perdió el conocimiento.
Al día siguiente todo era pasado. Lalo comunicó con orgullo a la familia reunida en la mesa, que su hermanito había estado con una mina de la mano. “¿Y se la fifó?”, preguntó el viejo entusiasmado. “No, el romance se acabó apenas le vomitó encima del pantalón”. “Bueno, algo es algo”, concluyó el viejo, enterrando su vista en su plato. Rojo de vergüenza, el soldado recordó ese momento bochornoso. Ella lo acompañó afuera del local y su vómito se impregnó en una pared con pintas subversivas. Él quiso disculparse, pero ella con una sonrisa le dijo que no se afligiera, que cualquiera se pasaba de vueltas. En el bolsillo de su camisa depositó una servilleta que contenía su nombre y numeración: Fabiana McKay 55-3369 y le dijo “llámame”, al despedirse con un beso en la mejilla.
Al terminar el almuerzo y notar que no había nadie cerca al teléfono de la casa, fumó dos cigarrillos y aguardó a que le sobreviniera el valor de llamar, pero nada. Era necesario que la nítida voz del general Farandelli viniera a su mente para guapearlo: “¡Qué pasa, soldado! ¿No tiene huevos para ablandar a ese prisionero?” “Sí los tengo, señor!”, exclamó, y aguijoneado por un súbito valor, discó el número, esperó dos-tres timbradas y cuando contestó la voz de una anciana, su imposibilidad de hablar le hizo colgar.
Vencido por ello, no volvería a intentarlo hasta que salió con permiso del cuartel. “¿A quién llamás?”, le preguntó Guille, quien se había aparecido por la casa para devolverle a Lalo su colección completa de Mafalda. “No me digas que andás detrás de la putita”. “¿Detrás de quién?”, preguntó Lalo entre divertido e intrigado. “De la putita pues. La pelirroja que le mordía la oreja a tu hermano la noche del concierto”. Sin tomar en cuenta que le rompía el corazón, Guille habló de la mala fama que tenía la piba en la facultad. Según unos, porque se acostaba con varios desaliñados, llenos de ideas izquierdistas. Según otros, porque se iba a la cama con cualquiera que le diera de fumar. “¿Y esa clase de amigas permitís que salgan con tu hermana?”, le recriminó Lalo, que esa misma noche se le declararía a la Laurita y posteriormente la haría su esposa. “No te preocupés que ya la aleccioné. La vuelvo a ver con esa perra y le rompo la cara a bofetadas”. “¡Y vos que no tenés experiencia en estas macanas, te la vas quitando de la cabeza, ¿oíste?”, le advirtió su hermano y le hizo caso. Un soldado del glorioso ejército argentino no podía manchar el uniforme enamorándose de suripantas.
El número telefónico de Fabiana lo guardó dentro de la funda del Tubular Bells que casi no escuchaba y si bien durante meses la tuvo muy presente, aprendió sus ganas de tenerla en los burdeles que hay en la carretera al interior. “Cambiá de semblante, le dijo el Guille en la pascua navideña, River ha campeonado después de dieciocho años. Se acerca una nueva era para la Argentina”.
En eso último tenía razón. Tras su valerosa acción en la escaramuza de Monte Chingolo lo ascendieron a cabo y meses después, un general, un almirante y un brigadier iniciaron su gobierno militar. Muchos fueron los detenidos, entre ellos esta chiquilla pelirroja que tras varios días de tortura, ahora la veía frente a él, drogada, deshonrada y desnudada, incapaz de pronunciar palabra alguna.
“A esta mina nadie más se la podrá fifar”, comentó un compañero luego de pasar la revista a los demás prisioneros. “Sí, es una lástima”, respondió al tomarla de los hombros y mirarla por última vez. Una lágrima solitaria recorrió su rostro al recordar aquella parte de cierro mis ojos y te veo más, no tengo miedo a caer, si sostienes, toda mi estructura y me haces bien, antes de empujarla por la puerta del avión hacia el vacío.
“A esta mina nadie más se la podrá fifar”, comentó un compañero luego de pasar la revista a los demás prisioneros. “Sí, es una lástima”, respondió al tomarla de los hombros y mirarla por última vez. Una lágrima solitaria recorrió su rostro al recordar aquella parte de cierro mis ojos y te veo más, no tengo miedo a caer, si sostienes, toda mi estructura y me haces bien, antes de empujarla por la puerta del avión hacia el vacío.
Marzo de 2005
Serían las once de la noche cuando aquel hombre de pálido semblante, aterido de frío y los ojos enrojecidos por tanto no dormir, tocó nuestra puerta, o mejor dicho la arañó, ahogándose los ruegos en su garganta porque alguien de adentro le hiciera caso. Mamá se levantó de la mecedora de muy mala gana y abrió la puerta, visiblemente mortificada por la interrupción de su sueño, arrullada por la voz de Beto Ortiz que le ponía punto final a su programa televisivo. Al otro lado de la puerta apareció ese hombre, postrado de rodillas en la vereda. Su clamor por ayuda provocó sobrecogimiento en todos nosotros, los menores y toda la indiferencia de ellas, las mayores.
-Por favor, señora, ayúdeme, ¡me persigue!
Chismosa como siempre, la tía Maruja asomó su cara y miró a ambos lados de la calle; no había nada, ni siquiera una sombra que perturbara su perfecta soledad. Con las manos en la cintura, mi madre aguardó del sujeto una explicación.
-Déme por favor unos cinco… ¡diez soles…! Con eso podré sacarle unos minutos, unas horas, unos días de ventaja.
Muda mi madre, dibujó en su cara toda la amargura de su viudez y cuatro hijos que mantener, y quiso cerrar la puerta, pero poniendo su famélico brazo como estorbo, ese hombre se lo impidió.
-Señora, tenga piedad, lo poco que me queda de vida está en sus manos. Es la muerte la que me persigue, ¿entiende?, ¡la muerte!, que viene tras de mí. Está aquí a unas cuantas cuadras y necesito escapar.
-¡Dale unas monedas al pordiosero y que se vaya! –exclamó la tía Maruja, retirándose de la escena y prestándose a seguir consolando su soltería con Beto Ortiz. Mi madre, en cambio, permaneció inflexible y erguía su pétrea figura en el umbral de la puerta.
-Señora, aunque le parezca disparatada mi historia, déjeme contársela. Yo soy una persona anormal, ¿sabe? Tengo una particularidad oculta que nadie en este mundo posee. Yo puedo ver a la muerte. A la muerte individual de cada persona. Usted debe saber que nuestra muerte nace en el mismo instante que uno viene al mundo, pero en un punto equidistante, y desde momento se echa a andar para darnos alcance y arrebatarnos la vida. Hay muertes que nacen al costado de uno y los bebés mueren al mismo tiempo que nacen. Hay muertes que nacen al otro lado del mundo y demoran ochenta o noventa años en darle el encuentro a uno… Yo, desde que nací, he podido ver a muchísimas muertes caminando en busca de sus vivos, llegando al instante preciso para reclamar a un enfermo de cáncer, a un suicida, a un asesinado…
Mi madre creyó haber oído suficiente e intentó cerrar la puerta con violencia, arrebatándole un chillido lastimero del pobre al colisionar con su antebrazo. Haciendo esfuerzos por soportar el dolor, prosiguió con su relato.
-Señora, hace unos años regresaba de Trujillo en un ómnibus de ruta. Ebrio y muy cansado, el conductor se precipitó al abismo de Pasamayo y muchas las personas que viajaban conmigo recibieron a su muerte. Yo, al ver la mía acercándose, con paso cansino y decidido, estirando sus brazos para cogerme, me escabullí por una ventana, marcándome con los vidrios estas cicatrices que surcan mi cara, y corrí, corrí y corrí, por la orilla de la playa, sintiendo su gélido aliento golpeándome la nuca, con las firmes intenciones de arrancharme mi alma… Llevo, señora, cinco años, diez meses y cuatro días viviendo para huir de la muerte y se me ha acabado la plata y las energías de mis piernas. Usted no la ve pero está aquí, a unos cuantos metros. Apelo, señora, a su caridad para seguir huyendo, si no… moriré.
Suficientes palabras. Mi madre le dio una furibunda patada al brazo del hombre y cerró la puerta. Al momento de morir no lo escuchamos gritar. Cuando la puerta volvió a abrirse todo era silencio. Un viento más helado que de costumbre nos dio la sensación que se llevaba su alma, quizás al cielo, quizás al infierno. Mi madre no se molestó en observar el cuerpo del infeliz, cuyos ojos inertes mostraban todo el horror del encuentro con lo que venía escapando hace tanto tiempo. Recogiendo la sandalia que con el ímpetu de su puntapié fue a dar al otro lado de la calle, cerró de un portazo y le pidió a la tía Maruja que le sirviera una enésima taza de café antes de emitir entre dientes una explicación de su frío proceder:
-Si mi marido se murió, ¿quién se creía este señor para no morirse de una vez? Ni siquiera Jesús, con todo lo hijo de Dios, pudo liberarse de su destino.
Y apagando la tele, en seguida nos mandó a todos a la cama. La vida continúa y ya era tarde. Mañana teníamos clases.
Octubre de 2000
-Por favor, señora, ayúdeme, ¡me persigue!
Chismosa como siempre, la tía Maruja asomó su cara y miró a ambos lados de la calle; no había nada, ni siquiera una sombra que perturbara su perfecta soledad. Con las manos en la cintura, mi madre aguardó del sujeto una explicación.
-Déme por favor unos cinco… ¡diez soles…! Con eso podré sacarle unos minutos, unas horas, unos días de ventaja.
Muda mi madre, dibujó en su cara toda la amargura de su viudez y cuatro hijos que mantener, y quiso cerrar la puerta, pero poniendo su famélico brazo como estorbo, ese hombre se lo impidió.
-Señora, tenga piedad, lo poco que me queda de vida está en sus manos. Es la muerte la que me persigue, ¿entiende?, ¡la muerte!, que viene tras de mí. Está aquí a unas cuantas cuadras y necesito escapar.
-¡Dale unas monedas al pordiosero y que se vaya! –exclamó la tía Maruja, retirándose de la escena y prestándose a seguir consolando su soltería con Beto Ortiz. Mi madre, en cambio, permaneció inflexible y erguía su pétrea figura en el umbral de la puerta.
-Señora, aunque le parezca disparatada mi historia, déjeme contársela. Yo soy una persona anormal, ¿sabe? Tengo una particularidad oculta que nadie en este mundo posee. Yo puedo ver a la muerte. A la muerte individual de cada persona. Usted debe saber que nuestra muerte nace en el mismo instante que uno viene al mundo, pero en un punto equidistante, y desde momento se echa a andar para darnos alcance y arrebatarnos la vida. Hay muertes que nacen al costado de uno y los bebés mueren al mismo tiempo que nacen. Hay muertes que nacen al otro lado del mundo y demoran ochenta o noventa años en darle el encuentro a uno… Yo, desde que nací, he podido ver a muchísimas muertes caminando en busca de sus vivos, llegando al instante preciso para reclamar a un enfermo de cáncer, a un suicida, a un asesinado…
Mi madre creyó haber oído suficiente e intentó cerrar la puerta con violencia, arrebatándole un chillido lastimero del pobre al colisionar con su antebrazo. Haciendo esfuerzos por soportar el dolor, prosiguió con su relato.
-Señora, hace unos años regresaba de Trujillo en un ómnibus de ruta. Ebrio y muy cansado, el conductor se precipitó al abismo de Pasamayo y muchas las personas que viajaban conmigo recibieron a su muerte. Yo, al ver la mía acercándose, con paso cansino y decidido, estirando sus brazos para cogerme, me escabullí por una ventana, marcándome con los vidrios estas cicatrices que surcan mi cara, y corrí, corrí y corrí, por la orilla de la playa, sintiendo su gélido aliento golpeándome la nuca, con las firmes intenciones de arrancharme mi alma… Llevo, señora, cinco años, diez meses y cuatro días viviendo para huir de la muerte y se me ha acabado la plata y las energías de mis piernas. Usted no la ve pero está aquí, a unos cuantos metros. Apelo, señora, a su caridad para seguir huyendo, si no… moriré.
Suficientes palabras. Mi madre le dio una furibunda patada al brazo del hombre y cerró la puerta. Al momento de morir no lo escuchamos gritar. Cuando la puerta volvió a abrirse todo era silencio. Un viento más helado que de costumbre nos dio la sensación que se llevaba su alma, quizás al cielo, quizás al infierno. Mi madre no se molestó en observar el cuerpo del infeliz, cuyos ojos inertes mostraban todo el horror del encuentro con lo que venía escapando hace tanto tiempo. Recogiendo la sandalia que con el ímpetu de su puntapié fue a dar al otro lado de la calle, cerró de un portazo y le pidió a la tía Maruja que le sirviera una enésima taza de café antes de emitir entre dientes una explicación de su frío proceder:
-Si mi marido se murió, ¿quién se creía este señor para no morirse de una vez? Ni siquiera Jesús, con todo lo hijo de Dios, pudo liberarse de su destino.
Y apagando la tele, en seguida nos mandó a todos a la cama. La vida continúa y ya era tarde. Mañana teníamos clases.
Octubre de 2000
Hasta el día que me muera siempre llevaré el sabor pastoso de ese guiso en mi boca, que alocaba a todo aquel que lo probaba, menos a mí, que nunca he sido amigo de los sabores fuertes.
El viejo me trajo a Jaén después que un emisario suyo me hizo la oferta de jugar para su equipo en la etapa provincial de la Copa Perú. El Unión Marañón, el equipo más aguerrido de la zona. Gracias a la exportación de café, el viejo tenía un chupo de plata y no lo aparentaba. El tipo era flaco, encorvado y arrugado como una pasa. Sus ojos zarcos y la pinta de vasco dizque eran igualitos a los de su antepasado, uno de los fundadores de esta villa, en la tierra de los pakamuros, allá por 1548. Desde entonces su linaje se había hecho de un apellido notable e infundido mucho miedo, que era la forma cómo se ganaban el respeto. Todavía los indios le tenían terror a ese hombre de aspecto repulsivo e insignificante. Decían que era un gamonal feroz y tenebroso, que se había valido de mucha maña para que sus propiedades quedaran en sus manos tras la reforma agraria. Nadie lo quería y por ende nadie quería a los que trabajaban para él, incluso los peloteros como yo, que jugábamos en un equipo que nunca tenía barra, sólo estimulados por la buena paga.
El viejo gustaba servirnos un buen plato de su guiso antes de cada partido. Decía que nada nos daría más fortaleza en la cancha, y era verdad. Incapaz de compartir la receta del plato que él mismo preparaba y que, según él, le había sido legado desde la Colonia, la gente apostaba a qué podía deberse su sabor especial. Para muchos se debía al aliño con que maceraba la carne de un día para otro. Para otros a la cocción con hierbas de la región. Los que opinaban que podía deberse a la carne, que era deshuesada y picada, o peor aún, al ají o la papa seca que acompañaba al menjunje, eran ninguneados por los que se juraban duchos en gastronomía. Yo me moría por un buen pollo a la brasa, que en ese entonces era difícil encontrar en toda la región.
Fueron siete años exactos los que pasé en Jaén, jugando por un equipo que sólo en la última temporada estuvo a punto de superar la etapa departamental. De los jugadores que habían comenzado conmigo no quedaba nadie y por mi veteranía era el capitán y también el estratega. Debido a la personalidad conflictiva del viejo no había entrenador que durara mucho tiempo.
En el partido de ida, disputado en el Héroes de San Ramón de Cajamarca, le dimos vuelta al marcador y ganamos cuatro a dos al UTC, lo que prácticamente nos la ponía facilita para la vuelta, jugando de local. En la víspera del encuentro, el viejo, que por no se qué motivo me había cogido cariño, me invitó a su casa y lo vi tomar copa tras copa de anís importado y, por primera vez, le oí confidencias de su vida y confesiones que yo no le pedía. De lo infeliz que fue con su esposa y de los cuatro hijos que no quería y que vivían en Lima, esperando su muerte para heredar su fortuna.
Borracho y tambaleante, vi que un llanto grueso se acumulaba en sus retinas al decir que el Unión Marañón era el propósito de su vida y que ya escucharían de él –y también de mí– el día que lo hiciera una institución grande, que sacara la cara por nuestro fútbol nacional. Por eso, para él, era vital pasar a la siguiente fase. No nos podíamos confiar, a pesar de tener la clasificación en el bolsillo, y para ello nos había preparado un guiso, pero esta vez con carne de primera. “¿Carne de primera?”, pregunté y el viejo se rió como si me hubiera hecho una broma prolongada por mucho tiempo y hubiera llegado la hora de burlarse de mi inocencia. “Adivine qué carne es la que ha comido desde que juega conmigo, maestro”. De perro, de gato, de rata, de burro, de zorro del monte, le dije antes de mencionarle animales más nauseabundos y el viejo no paraba de carcajearse.
Con verdadero deleite me hizo pasar a la cocina, el terreno vedado de la casa y al abrir la congeladora, me mostró sin ningún resquemor la cabeza del animal que habíamos digerido la semana pasada: era un niño de rasgos jíbaros que, según me confesó el viejo, había adquirido de manos de los propios campesinos, a cambio de una caja llena de latas de leche Gloria y una radio. “Esa es la receta que mi familia ha pasado de generación en generación”, me dijo sin tener conmiseración de mi espanto y dolor, y luego me mostró la presa que más tarde íbamos a merendar: era el cadáver de un niño shilico traído de Celendín, rubiecito y con unos ojos verdes que hacía que el viejo se relamiera de gusto, convencido de que comer carne blanca era superior a comer la carne de la indiada.
Esa misma noche, salí de Jaén para nunca más volver. Me refugié en Lima por temor a represalias, hasta que un amigo me comentó la muerte del viejo. Me dijo también que el Unión Marañón sigue en competencia y que uno de sus hijos se había hecho cargo del equipo y… que además había fundado un orfanato para niños desamparados.
El viejo me trajo a Jaén después que un emisario suyo me hizo la oferta de jugar para su equipo en la etapa provincial de la Copa Perú. El Unión Marañón, el equipo más aguerrido de la zona. Gracias a la exportación de café, el viejo tenía un chupo de plata y no lo aparentaba. El tipo era flaco, encorvado y arrugado como una pasa. Sus ojos zarcos y la pinta de vasco dizque eran igualitos a los de su antepasado, uno de los fundadores de esta villa, en la tierra de los pakamuros, allá por 1548. Desde entonces su linaje se había hecho de un apellido notable e infundido mucho miedo, que era la forma cómo se ganaban el respeto. Todavía los indios le tenían terror a ese hombre de aspecto repulsivo e insignificante. Decían que era un gamonal feroz y tenebroso, que se había valido de mucha maña para que sus propiedades quedaran en sus manos tras la reforma agraria. Nadie lo quería y por ende nadie quería a los que trabajaban para él, incluso los peloteros como yo, que jugábamos en un equipo que nunca tenía barra, sólo estimulados por la buena paga.
El viejo gustaba servirnos un buen plato de su guiso antes de cada partido. Decía que nada nos daría más fortaleza en la cancha, y era verdad. Incapaz de compartir la receta del plato que él mismo preparaba y que, según él, le había sido legado desde la Colonia, la gente apostaba a qué podía deberse su sabor especial. Para muchos se debía al aliño con que maceraba la carne de un día para otro. Para otros a la cocción con hierbas de la región. Los que opinaban que podía deberse a la carne, que era deshuesada y picada, o peor aún, al ají o la papa seca que acompañaba al menjunje, eran ninguneados por los que se juraban duchos en gastronomía. Yo me moría por un buen pollo a la brasa, que en ese entonces era difícil encontrar en toda la región.
Fueron siete años exactos los que pasé en Jaén, jugando por un equipo que sólo en la última temporada estuvo a punto de superar la etapa departamental. De los jugadores que habían comenzado conmigo no quedaba nadie y por mi veteranía era el capitán y también el estratega. Debido a la personalidad conflictiva del viejo no había entrenador que durara mucho tiempo.
En el partido de ida, disputado en el Héroes de San Ramón de Cajamarca, le dimos vuelta al marcador y ganamos cuatro a dos al UTC, lo que prácticamente nos la ponía facilita para la vuelta, jugando de local. En la víspera del encuentro, el viejo, que por no se qué motivo me había cogido cariño, me invitó a su casa y lo vi tomar copa tras copa de anís importado y, por primera vez, le oí confidencias de su vida y confesiones que yo no le pedía. De lo infeliz que fue con su esposa y de los cuatro hijos que no quería y que vivían en Lima, esperando su muerte para heredar su fortuna.
Borracho y tambaleante, vi que un llanto grueso se acumulaba en sus retinas al decir que el Unión Marañón era el propósito de su vida y que ya escucharían de él –y también de mí– el día que lo hiciera una institución grande, que sacara la cara por nuestro fútbol nacional. Por eso, para él, era vital pasar a la siguiente fase. No nos podíamos confiar, a pesar de tener la clasificación en el bolsillo, y para ello nos había preparado un guiso, pero esta vez con carne de primera. “¿Carne de primera?”, pregunté y el viejo se rió como si me hubiera hecho una broma prolongada por mucho tiempo y hubiera llegado la hora de burlarse de mi inocencia. “Adivine qué carne es la que ha comido desde que juega conmigo, maestro”. De perro, de gato, de rata, de burro, de zorro del monte, le dije antes de mencionarle animales más nauseabundos y el viejo no paraba de carcajearse.
Con verdadero deleite me hizo pasar a la cocina, el terreno vedado de la casa y al abrir la congeladora, me mostró sin ningún resquemor la cabeza del animal que habíamos digerido la semana pasada: era un niño de rasgos jíbaros que, según me confesó el viejo, había adquirido de manos de los propios campesinos, a cambio de una caja llena de latas de leche Gloria y una radio. “Esa es la receta que mi familia ha pasado de generación en generación”, me dijo sin tener conmiseración de mi espanto y dolor, y luego me mostró la presa que más tarde íbamos a merendar: era el cadáver de un niño shilico traído de Celendín, rubiecito y con unos ojos verdes que hacía que el viejo se relamiera de gusto, convencido de que comer carne blanca era superior a comer la carne de la indiada.
Esa misma noche, salí de Jaén para nunca más volver. Me refugié en Lima por temor a represalias, hasta que un amigo me comentó la muerte del viejo. Me dijo también que el Unión Marañón sigue en competencia y que uno de sus hijos se había hecho cargo del equipo y… que además había fundado un orfanato para niños desamparados.
Mi estimado doctor, hago de su conocimiento lo averiguado por mi mismo sobre ese asunto que tanto nos ha conmovido e intrigado.
Elías Asmat Goicochea fue uno de los docentes más ilustres de la Universidad Nacional de Trujillo. Murió en extrañas circunstancias en su modesto domicilio, ubicado en la calle Estambul, cerca de la huaca La Esmeralda. Gran parte de su vida la dedicó a la comprensión de la lengua extinta de los Chimor, la misma que los misioneros españoles que predicaron en estos valles calificaron de áspera, gutural, escabrosa y oscura.
Dicen que entre sus más caras posesiones guardaba la única copia del Arte y vocabulario de la lengua Yunga, hablada por los Yndios destos valles, escrito por Pedro de Aparicio, sacerdote de la Orden de Santo Domingo y que llegó a sus manos gracias a un grupo de huaqueros que exhumaron el cuerpo del sacerdote, entre los restos de uno de los primeros conventos del valle Chicama, y le sirvió como una especie de piedra roseta para resarcirse de las burlas y las ofensas que sus colegas le habían prodigado.
A pesar del exceso de latinismos de la obra de Pedro de Aparicio, de quien el cronista padre Meléndez refiere: se dio tan buena maña en aprenderla que dentro de breve tiempo, ayudándole el Señor, predicava y administrava en ella, hablándola con la misma perfección que los mismos naturales de la tierra, era la prueba viva de que la lengua Quignam (llamada Yunga por incas y españoles) tenía escritura, pues el buen sacerdote había tenido la precaución de plasmar los grafismos que probaban su alucinante hipótesis, enunciada en mayo de 1974, cuando se llevó a cabo el descubrimiento de una pieza de cerámica, dentro de un cofre de madera podrida y forrada en un lienzo, debajo de un viejo solar del centro de Trujillo, que sufrió daños irreparables con el terremoto del setenta.
La pieza se halló a cinco metros de la superficie, en un túnel colonial que formaba parte de la intrincada red de pasadizos subterráneos que iban y venían por los principales edificios cristianos de la ciudad, en cuyas paredes habían incrustados fetos de avanzada gestación (que confirmaban la leyenda del Mataniños, tenebroso personaje que sembró pánico en el Trujillo de antaño). Su color era terroso y tenía forma de plancha. Llana y opaca por un lado y lustrada y burilada por el otro. El estilo no dejaba dudas, era Chimor, elaborado en los años posteriores a la invasión incásica. Pero, ¿qué significaba? ¿Por qué había sido escondida o conservada en tan recóndito lugar?
Encendido el debate, se lanzaron varias explicaciones, algunas argumentables como que se podía tratar de la pieza sobreviviente de un inmenso mosaico, prueba de ello eran las aristas que parecían labradas para encajar con piezas similares; otras irrisorias como que se trataba del mapa de un gran tesoro, presumiblemente del Peje Grande. Sin embargo, nadie revolvió más el cotilleo académico que el profesor Asmat quien trazó en una pizarra, las figuras que aparecían en la cerámica y afirmó que estaban ante la evidencia escrita de la lengua de los Chimor, pues ciertos grafismos eran parecidos a los utilizados en la escritura Maya, y acusó a los misioneros católicos de haberlo sabido y ocultarlo por considerarlo peligroso en su labor de expandir la Fe y extirpar las idolatrías de estos valles.
Los detractores del profesor Asmat no tardaron en decir que enlodaba la historia oficial o ponía en peligro el conocimiento universal, al elaborar un enunciado irresponsable y carente de elementos convincentes. Se llegó a la conclusión de que las formas de diverso relieve no son más que una peculiaridad ornamental de esta cerámica y la discusión quedó en el olvido, almacenándose la pieza en el Museo Arqueológico de la Universidad Nacional de Trujillo, donde aún se conserva en la actualidad.
Sin dejarse abatir por las voces que cuestionaban y le decían que perdía su tiempo en imposibles, entre ellos su propia mujer que terminó por abandonarlo, Elías Asmat se empeñó en probar que no se equivocaba y se entregó a la búsqueda de la manifestación escrita de la lengua quignam. La obra mencionada de Aparicio, más los escritos de Fernando de la Carrera y del alemán Middendorf, aunadas al tiempo que pasó con un viejo curandero de Santiago de Cao que conservaba algunas frases de la lengua de sus ancestros, le permitió conocer como nadie sobre su construcción monosilábica.
Lamentablemente, todo este valioso estudio se ha perdido con la voracidad del incendio. Su hija, la doctora María del Carmen Asmat, asegura que su deceso es un macabro castigo pues en los últimos días un terror lacerante se había apoderado de su alma, en sus sueños emergían fantasmas que lo culpaban de profanar los secretos del mar y el desierto. Lo único que se conserva de su labor infatigable es una libreta de apuntes en la que aparece la traducción que el profesor hizo al castellano de la pieza de cerámica y que el profesor Asmat tituló: El Códice de Apar-Nii.
El contenido del códice se lo envío de manera íntegra, respetando su trascripción literal.
Lima, 26 de noviembre de 2004
Érase un tiempo en que la lucha entre la Luz y la Oscuridad dio origen al Universo.
Tan enemigos como complementarios, ambas fuerzas antagónicas se fijaron en este mundo y sembraron semilla en su suelo. De las altas montañas brotaron los hijos del Sol. Del mar llegaron los hijos de la Luna.
Ambas civilizaciones crecieron y sus desarrollos corrieron paralelos. Mas como habían pactado la Luz y la Oscuridad antes de la Creación, en un momento debían coincidir sus destinos y luchar a muerte por la posesión de la tierra.
En pocas lunas, valles que antes habían sido plenos de dicha y fertilidad se tiñeron con la sangre de más de cien mil guerreros.
Túpac Yupanqui había clavado el estandarte del Sol en la ciudad del orgulloso Minchan-Çaman. Tuvieron que bloquear los suministros de agua y aún así mucho les costó doblegar la voluntad de una raza sedienta y al borde de la inanición.
Al llegar al palacio, el invasor obligó al soberano a postrarse a sus pies y fue maniatado para exhibirlo como trofeo en la corte de su padre, el Inca Pachacútec.
Las huestes del Sol se dedicaron a la destrucción de una civilización cuyo esplendor envidiaban. A cuántas mujeres ultrajaron. Cuántos vástagos esclavizaron. Cuántos tesoros depredaron.
El templo de la Luna¹, el más majestuoso de todos, fue derribado y las cabezas de vírgenes y sacerdotes fueron destrozadas a pedradas, entre ellas la de Menchan-Pur, el máximo sacerdote.
Elías Asmat Goicochea fue uno de los docentes más ilustres de la Universidad Nacional de Trujillo. Murió en extrañas circunstancias en su modesto domicilio, ubicado en la calle Estambul, cerca de la huaca La Esmeralda. Gran parte de su vida la dedicó a la comprensión de la lengua extinta de los Chimor, la misma que los misioneros españoles que predicaron en estos valles calificaron de áspera, gutural, escabrosa y oscura.
Dicen que entre sus más caras posesiones guardaba la única copia del Arte y vocabulario de la lengua Yunga, hablada por los Yndios destos valles, escrito por Pedro de Aparicio, sacerdote de la Orden de Santo Domingo y que llegó a sus manos gracias a un grupo de huaqueros que exhumaron el cuerpo del sacerdote, entre los restos de uno de los primeros conventos del valle Chicama, y le sirvió como una especie de piedra roseta para resarcirse de las burlas y las ofensas que sus colegas le habían prodigado.
A pesar del exceso de latinismos de la obra de Pedro de Aparicio, de quien el cronista padre Meléndez refiere: se dio tan buena maña en aprenderla que dentro de breve tiempo, ayudándole el Señor, predicava y administrava en ella, hablándola con la misma perfección que los mismos naturales de la tierra, era la prueba viva de que la lengua Quignam (llamada Yunga por incas y españoles) tenía escritura, pues el buen sacerdote había tenido la precaución de plasmar los grafismos que probaban su alucinante hipótesis, enunciada en mayo de 1974, cuando se llevó a cabo el descubrimiento de una pieza de cerámica, dentro de un cofre de madera podrida y forrada en un lienzo, debajo de un viejo solar del centro de Trujillo, que sufrió daños irreparables con el terremoto del setenta.
La pieza se halló a cinco metros de la superficie, en un túnel colonial que formaba parte de la intrincada red de pasadizos subterráneos que iban y venían por los principales edificios cristianos de la ciudad, en cuyas paredes habían incrustados fetos de avanzada gestación (que confirmaban la leyenda del Mataniños, tenebroso personaje que sembró pánico en el Trujillo de antaño). Su color era terroso y tenía forma de plancha. Llana y opaca por un lado y lustrada y burilada por el otro. El estilo no dejaba dudas, era Chimor, elaborado en los años posteriores a la invasión incásica. Pero, ¿qué significaba? ¿Por qué había sido escondida o conservada en tan recóndito lugar?
Encendido el debate, se lanzaron varias explicaciones, algunas argumentables como que se podía tratar de la pieza sobreviviente de un inmenso mosaico, prueba de ello eran las aristas que parecían labradas para encajar con piezas similares; otras irrisorias como que se trataba del mapa de un gran tesoro, presumiblemente del Peje Grande. Sin embargo, nadie revolvió más el cotilleo académico que el profesor Asmat quien trazó en una pizarra, las figuras que aparecían en la cerámica y afirmó que estaban ante la evidencia escrita de la lengua de los Chimor, pues ciertos grafismos eran parecidos a los utilizados en la escritura Maya, y acusó a los misioneros católicos de haberlo sabido y ocultarlo por considerarlo peligroso en su labor de expandir la Fe y extirpar las idolatrías de estos valles.
Los detractores del profesor Asmat no tardaron en decir que enlodaba la historia oficial o ponía en peligro el conocimiento universal, al elaborar un enunciado irresponsable y carente de elementos convincentes. Se llegó a la conclusión de que las formas de diverso relieve no son más que una peculiaridad ornamental de esta cerámica y la discusión quedó en el olvido, almacenándose la pieza en el Museo Arqueológico de la Universidad Nacional de Trujillo, donde aún se conserva en la actualidad.
Sin dejarse abatir por las voces que cuestionaban y le decían que perdía su tiempo en imposibles, entre ellos su propia mujer que terminó por abandonarlo, Elías Asmat se empeñó en probar que no se equivocaba y se entregó a la búsqueda de la manifestación escrita de la lengua quignam. La obra mencionada de Aparicio, más los escritos de Fernando de la Carrera y del alemán Middendorf, aunadas al tiempo que pasó con un viejo curandero de Santiago de Cao que conservaba algunas frases de la lengua de sus ancestros, le permitió conocer como nadie sobre su construcción monosilábica.
Lamentablemente, todo este valioso estudio se ha perdido con la voracidad del incendio. Su hija, la doctora María del Carmen Asmat, asegura que su deceso es un macabro castigo pues en los últimos días un terror lacerante se había apoderado de su alma, en sus sueños emergían fantasmas que lo culpaban de profanar los secretos del mar y el desierto. Lo único que se conserva de su labor infatigable es una libreta de apuntes en la que aparece la traducción que el profesor hizo al castellano de la pieza de cerámica y que el profesor Asmat tituló: El Códice de Apar-Nii.
El contenido del códice se lo envío de manera íntegra, respetando su trascripción literal.
Lima, 26 de noviembre de 2004
Érase un tiempo en que la lucha entre la Luz y la Oscuridad dio origen al Universo.
Tan enemigos como complementarios, ambas fuerzas antagónicas se fijaron en este mundo y sembraron semilla en su suelo. De las altas montañas brotaron los hijos del Sol. Del mar llegaron los hijos de la Luna.
Ambas civilizaciones crecieron y sus desarrollos corrieron paralelos. Mas como habían pactado la Luz y la Oscuridad antes de la Creación, en un momento debían coincidir sus destinos y luchar a muerte por la posesión de la tierra.
En pocas lunas, valles que antes habían sido plenos de dicha y fertilidad se tiñeron con la sangre de más de cien mil guerreros.
Túpac Yupanqui había clavado el estandarte del Sol en la ciudad del orgulloso Minchan-Çaman. Tuvieron que bloquear los suministros de agua y aún así mucho les costó doblegar la voluntad de una raza sedienta y al borde de la inanición.
Al llegar al palacio, el invasor obligó al soberano a postrarse a sus pies y fue maniatado para exhibirlo como trofeo en la corte de su padre, el Inca Pachacútec.
Las huestes del Sol se dedicaron a la destrucción de una civilización cuyo esplendor envidiaban. A cuántas mujeres ultrajaron. Cuántos vástagos esclavizaron. Cuántos tesoros depredaron.
El templo de la Luna¹, el más majestuoso de todos, fue derribado y las cabezas de vírgenes y sacerdotes fueron destrozadas a pedradas, entre ellas la de Menchan-Pur, el máximo sacerdote.
Chumun-Caur, el hijo de Minchan-Çaman, en actitud servil y execrable para su linaje, condujo a Túpac Yupanqui a gran distancia entre la tierra y el mar, y le mostró dos atalayas que se levantaban, imponentes, entre las aguas, a tan grande altura que parecían encontrarse con el cielo.
Túpac Yupanqui quedó maravillado ante este prodigio. Toda su arquitectura, profusamente ornamentada con frisos y animales marinos, era de adobe, cubierta por una amalgama indisoluble al agua y a los embates de las olas. Una hilera interminable de peldaños, conducía a los adoradores del Mar hasta la cima de ambas estructuras, de donde arrojaban harina de maíz y almagre, rogando por la concesión de pesca y buena ventura.
La forma de las dos atalayas era de un ave marina y encerraban en su interior diversas galerías que almacenaban toda la ciencia y sabiduría de los hijos de la Luna. En una sala abovedada¹, cuyo altar iluminaba dos llamaradas de color azul e inextinguible, alimentadas con polvo de las estrellas, a Túpac Yupanqui le fue revelado su poder de conquistar el mundo.
Enardecido por ello, planeó ejecutar su empresa más ambiciosa, extender los dominios de su imperio a las tierras que se levantaban más allá del horizonte², y para ello exigió a Chumun-Caur que le revelase la ciencia de la que se valieron para crear una sustancia que hace a la tierra resistente al agua. Chumun-Caur le dijo que tal conocimiento pertenecía a un hombre que vivía en un asentamiento de pescadores, lejos de que alguien pudiera reconocer la grandeza que tuvo alguna vez.
Túpac Yupanqui exigió conocer el paradero de este hombre a lo que Chumun-Caur puso como condición que se le entregase el trono que se le había despojado a su padre. El conquistador accedió a su pedido.
Tras jurar lealtad y servilismo al estandarte del Sol, Chumun-Caur fue ungido Cia-quic. En medio de los festejos, cumplió con llevar a la presencia de Túpac Yupanqui a un hombre maniatado y cuya mirada desbordaba de locura. Al liberarle de sus ataduras, el hombre empezó a reptar como una serpiente, buscando su libertad, pero los puntapiés de los celadores lo mantuvieron en el mismo lugar.
Ante el escepticismo de los invasores, Chumun-Caur dio su palabra de que este hombre era su amigo, su hermano, aquel al que todos llamaron El Constructor de los Mares, capaz de lograr que la tierra no se doblegara ante el mar. Pero maldito ante los ojos de su padre, toda su ciencia y sabiduría se hallaba sometida bajo el yugo de la demencia, arrastrándose como un animal y alimentándose de la caridad ajena.
Túpac Yupanqui quiso indagar más sobre este hombre y Chumun-Caur le contó que Apar-Nii era su nombre y vino al mundo con formas y naturaleza marina, por lo que su madre perdió la vida en el parto y su padre lo arrojó a las aguas para que aprendiera a nadar antes que a caminar. Al cabo de siete lunas se le desarrollaron la cabeza y las extremidades humanas.
Apar-Nii pertenecía a la casta de los Nii, que vivía en casas que flotaban en el mar. No procedían de las dos estrellas que dieron origen a la realeza, ni tampoco de las dos que dieron origen a los plebeyos, esclavos y extranjeros. La casta de Apar-Nii procedía de una quinta estrella que no se veía en el firmamento, salvo cuando más oscura era la noche y proyectaba su sombra en el mar.
Túpac Yupanqui quedó maravillado ante este prodigio. Toda su arquitectura, profusamente ornamentada con frisos y animales marinos, era de adobe, cubierta por una amalgama indisoluble al agua y a los embates de las olas. Una hilera interminable de peldaños, conducía a los adoradores del Mar hasta la cima de ambas estructuras, de donde arrojaban harina de maíz y almagre, rogando por la concesión de pesca y buena ventura.
La forma de las dos atalayas era de un ave marina y encerraban en su interior diversas galerías que almacenaban toda la ciencia y sabiduría de los hijos de la Luna. En una sala abovedada¹, cuyo altar iluminaba dos llamaradas de color azul e inextinguible, alimentadas con polvo de las estrellas, a Túpac Yupanqui le fue revelado su poder de conquistar el mundo.
Enardecido por ello, planeó ejecutar su empresa más ambiciosa, extender los dominios de su imperio a las tierras que se levantaban más allá del horizonte², y para ello exigió a Chumun-Caur que le revelase la ciencia de la que se valieron para crear una sustancia que hace a la tierra resistente al agua. Chumun-Caur le dijo que tal conocimiento pertenecía a un hombre que vivía en un asentamiento de pescadores, lejos de que alguien pudiera reconocer la grandeza que tuvo alguna vez.
Túpac Yupanqui exigió conocer el paradero de este hombre a lo que Chumun-Caur puso como condición que se le entregase el trono que se le había despojado a su padre. El conquistador accedió a su pedido.
Tras jurar lealtad y servilismo al estandarte del Sol, Chumun-Caur fue ungido Cia-quic. En medio de los festejos, cumplió con llevar a la presencia de Túpac Yupanqui a un hombre maniatado y cuya mirada desbordaba de locura. Al liberarle de sus ataduras, el hombre empezó a reptar como una serpiente, buscando su libertad, pero los puntapiés de los celadores lo mantuvieron en el mismo lugar.
Ante el escepticismo de los invasores, Chumun-Caur dio su palabra de que este hombre era su amigo, su hermano, aquel al que todos llamaron El Constructor de los Mares, capaz de lograr que la tierra no se doblegara ante el mar. Pero maldito ante los ojos de su padre, toda su ciencia y sabiduría se hallaba sometida bajo el yugo de la demencia, arrastrándose como un animal y alimentándose de la caridad ajena.
Túpac Yupanqui quiso indagar más sobre este hombre y Chumun-Caur le contó que Apar-Nii era su nombre y vino al mundo con formas y naturaleza marina, por lo que su madre perdió la vida en el parto y su padre lo arrojó a las aguas para que aprendiera a nadar antes que a caminar. Al cabo de siete lunas se le desarrollaron la cabeza y las extremidades humanas.
Apar-Nii pertenecía a la casta de los Nii, que vivía en casas que flotaban en el mar. No procedían de las dos estrellas que dieron origen a la realeza, ni tampoco de las dos que dieron origen a los plebeyos, esclavos y extranjeros. La casta de Apar-Nii procedía de una quinta estrella que no se veía en el firmamento, salvo cuando más oscura era la noche y proyectaba su sombra en el mar.
La habilidad e intelecto superior de esta casta, había hecho que los cuatro pilares en los que se asentaba la civilización estuviesen a su mando. Los Nii eran los señores de la guerra, la navegación, la construcción y la cosecha. Mas un pacto establecido en los albores del tiempo, los mantuvo sumisos a la voluntad del Cia-quic. Sólo una vez en los tiempos del octavo Cia-quic¹, un miembro de los Nii, que se distinguía por su bravura y rebeldía, apresó a su Señor con la intención de arrebatarle el poder. Indignados por ello, los miembros de su propia casta lo tomaron y despedazaron vivo, al igual que a sus mujeres, sus hijos y toda su servidumbre, proscribiendo su recuerdo y borrando su nombre de los registros, a pesar que otrora estuvo lleno de gloria al conquistar las extensas y calurosas llanuras del norte.
La familia de Apar-Nii pertenecía a la rama de los constructores. Namoc, el planificador, fue el primero de ellos. Arribó a estas tierras en la misma embarcación que Tacaynamo, su Señor, cubiertos con polvo dorado que repelía los rayos del Sol. Fiel a su servicio, estableció las bases para el desarrollo de la gran civilización, que en poco tiempo se extendería desde el mar hasta la falda de los cerros y se convertiría en la ciudad más hermosa y esplendorosa del universo².
Conforme los señores de la guerra fueron ampliando las fronteras, otros maestros constructores levantaron palacios, acueductos y fortalezas.
Piçor-Chaec, el hijo de Namoc, edificó la esplendorosa tumba de Tacaynamo y el palacio de Guacri-Caur, su Señor, a quien amó y sirvió como nadie, tanto que a su muerte, se arrojó al mar y se convirtió en una serpiente marina que asomaba su cabeza y estremecía el ambiente con sus chillidos de dolor en las noches de plenilunio.
Pimi-Ñaque, que vivió en los tiempos de Ñançen-Pinco y a su memoria levantó el palacio más espectacular hasta entonces edificado, embriagado por la vanidad proyectó la construcción de un canal de gran envergadura³ por donde correría agua en abundancia. Mas fue tan ciega su soberbia, que sin calcular debidamente su capacidad, en una época intensa de lluvias4, el canal se desbordó y causó pánico y destrucción al anegar viviendas y campos de cultivo. El castigo de Pimi-Ñaque fue terrible. Se le arrancaron los ojos, las manos y los pies. Con un cuchillo ceremonial le abrieron las entrañas y fue devorado por las aves de rapiña cuando aún estaba con vida5.
Chumin-Chumoc era el padre de Apar-Nii y era el constructor oficial en los tiempos que gobernó Minchan-Çaman.
Apar-Nii y Chumun-Caur, designado heredero a la corona de su padre, se criaron juntos y ambos unieron sus destinos al realizar el viaje iniciático de sus ancestros a las lejanas tierras del Norte6.
A su retorno y ya convertidos en hombres, Chumun-Caur dominaba las artes del buen gobierno y Apar-Nii las de la edificación. De esa larga travesía vino la idea de levantar el futuro palacio real de Chumun-Caur no en la gran ciudad, sino más allá, en medio del mar.
La familia de Apar-Nii pertenecía a la rama de los constructores. Namoc, el planificador, fue el primero de ellos. Arribó a estas tierras en la misma embarcación que Tacaynamo, su Señor, cubiertos con polvo dorado que repelía los rayos del Sol. Fiel a su servicio, estableció las bases para el desarrollo de la gran civilización, que en poco tiempo se extendería desde el mar hasta la falda de los cerros y se convertiría en la ciudad más hermosa y esplendorosa del universo².
Conforme los señores de la guerra fueron ampliando las fronteras, otros maestros constructores levantaron palacios, acueductos y fortalezas.
Piçor-Chaec, el hijo de Namoc, edificó la esplendorosa tumba de Tacaynamo y el palacio de Guacri-Caur, su Señor, a quien amó y sirvió como nadie, tanto que a su muerte, se arrojó al mar y se convirtió en una serpiente marina que asomaba su cabeza y estremecía el ambiente con sus chillidos de dolor en las noches de plenilunio.
Pimi-Ñaque, que vivió en los tiempos de Ñançen-Pinco y a su memoria levantó el palacio más espectacular hasta entonces edificado, embriagado por la vanidad proyectó la construcción de un canal de gran envergadura³ por donde correría agua en abundancia. Mas fue tan ciega su soberbia, que sin calcular debidamente su capacidad, en una época intensa de lluvias4, el canal se desbordó y causó pánico y destrucción al anegar viviendas y campos de cultivo. El castigo de Pimi-Ñaque fue terrible. Se le arrancaron los ojos, las manos y los pies. Con un cuchillo ceremonial le abrieron las entrañas y fue devorado por las aves de rapiña cuando aún estaba con vida5.
Chumin-Chumoc era el padre de Apar-Nii y era el constructor oficial en los tiempos que gobernó Minchan-Çaman.
Apar-Nii y Chumun-Caur, designado heredero a la corona de su padre, se criaron juntos y ambos unieron sus destinos al realizar el viaje iniciático de sus ancestros a las lejanas tierras del Norte6.
A su retorno y ya convertidos en hombres, Chumun-Caur dominaba las artes del buen gobierno y Apar-Nii las de la edificación. De esa larga travesía vino la idea de levantar el futuro palacio real de Chumun-Caur no en la gran ciudad, sino más allá, en medio del mar.
Para hacer factible su proyecto, Apar-Nii dedicó lunas enteras a la creación de un material impermeable y resistente a los efectos del mar. En los crisoles de su taller. Mezcló minerales con extractos vegetales, secreciones humanas con las de otros animales, hasta que pudo dar origen a una amalgama que al untarla sobre los adobes, se volvían fuertes e indisolubles al agua. Con ellas edificó las grandiosas atalayas, sin importarle el elevado costo humano ni el tiempo prolongado en el que se acometió la increíble empresa.
Al cabo de varias lunas su obra estaba lista y su magnificencia empequeñecía a cualquier obra hecha en tierra.
Animado por la veneración que el mundo le albergaba, el bien llamado Constructor de los Mares ideó decenas de maravillosos prodigios como la imponencia de un puente que se extendería más allá del horizonte y conduciría hasta una ciudad de barro flotante en alta mar.
Sin embargo, no pudo contar con los hombres necesarios para ejecutar sus planes. Los hijos del Sol acechaban el extremo sur de la civilización y Minchan-Çaman ordenó a Chumin-Chumoc levantar una muralla que surcaría las dunas e indicaría a los invasores cual era el límite de sus dominios¹.
Chumin-Chumoc se trasladó hacia el confín de la civilización para cumplir con el encargo de su Señor y allí se fijó en una joven, llamada Ghiis, hija de una humilde familia de campesinos que había sufrido los ultrajes que periódicamente ocasionaban los hijos del Sol en la comarca.
El viejo constructor se enamoró como mancebo y la hizo su esposa, llevándola consigo a la gran ciudad donde fueron recibidos con mucha algarabía, sin reparar en la desgracia que pronto acontecería, pues Apar-Nii al fijarse en la mujer de su padre, enloqueció hasta perder la noción de lo que es correcto e incorrecto.
Sin ser una beldad, Ghiis sabía lo que su presencia encendía en los hombres y ocasionaba la envidia de las mujeres de la nobleza que la despreciaban por ser una advenediza.
Ghiis gozaba viendo al hijo de su esposo enardecer de deseos al narrarle historias felices, de amor y placer, entre los campos silvestres de su comarca. En una velada en la que todos los presentes bebieron hasta perder el conocimiento, Ghiis y Apar-Nii se entregaron a la pasión malsana que brotaba de sus corazones.
Fue el inicio de varias jornadas que se amaron a escondidas en la fastuosa vivienda que Chumin-Chumoc le hizo a su esposa, en un pendiente pronunciada que miraba hacia al mar. Lejos de mostrar arrepentimiento, ambos vivieron para quererse y condenarse. Apar-Nii no se saciaba de degustar su carne y permitía que Ghiis comparara la fortaleza de su amante con la decrepitud de su padre.
Ambos amantes habrían prolongado su infamia por mucho más tiempo sino fuera porque una noche la luna se tiñó de sangre² y fue de mal augurio, tanto que los sacerdotes pronosticaron el fin de la civilización. Menchan-Pur, el máximo sacerdote, habló de la ira de los dioses, desatada por la ofensa que las atalayas de Apar-Nii le propinaban al mar. Oído esto, el viejo Chumin-Chumoc partió en busca de su hijo para que defendiera su obra ante el Cia-quic. Mas al hallarlo desnudo en los aposentos de su mujer, comprendió que la sangre de su sangre estaba corrompida y fue tan grande su rencor que tomó a su hijo y con todas sus fuerzas estrelló su cuerpo contra los peñascos en que las olas reventaban. A la infeliz mujer la incrustó con una lanza a la pared y finalmente al libar una poción venenosa que se demoró en arrebatarle la vida, consumo su desgracia.
Al cabo de varias lunas su obra estaba lista y su magnificencia empequeñecía a cualquier obra hecha en tierra.
Animado por la veneración que el mundo le albergaba, el bien llamado Constructor de los Mares ideó decenas de maravillosos prodigios como la imponencia de un puente que se extendería más allá del horizonte y conduciría hasta una ciudad de barro flotante en alta mar.
Sin embargo, no pudo contar con los hombres necesarios para ejecutar sus planes. Los hijos del Sol acechaban el extremo sur de la civilización y Minchan-Çaman ordenó a Chumin-Chumoc levantar una muralla que surcaría las dunas e indicaría a los invasores cual era el límite de sus dominios¹.
Chumin-Chumoc se trasladó hacia el confín de la civilización para cumplir con el encargo de su Señor y allí se fijó en una joven, llamada Ghiis, hija de una humilde familia de campesinos que había sufrido los ultrajes que periódicamente ocasionaban los hijos del Sol en la comarca.
El viejo constructor se enamoró como mancebo y la hizo su esposa, llevándola consigo a la gran ciudad donde fueron recibidos con mucha algarabía, sin reparar en la desgracia que pronto acontecería, pues Apar-Nii al fijarse en la mujer de su padre, enloqueció hasta perder la noción de lo que es correcto e incorrecto.
Sin ser una beldad, Ghiis sabía lo que su presencia encendía en los hombres y ocasionaba la envidia de las mujeres de la nobleza que la despreciaban por ser una advenediza.
Ghiis gozaba viendo al hijo de su esposo enardecer de deseos al narrarle historias felices, de amor y placer, entre los campos silvestres de su comarca. En una velada en la que todos los presentes bebieron hasta perder el conocimiento, Ghiis y Apar-Nii se entregaron a la pasión malsana que brotaba de sus corazones.
Fue el inicio de varias jornadas que se amaron a escondidas en la fastuosa vivienda que Chumin-Chumoc le hizo a su esposa, en un pendiente pronunciada que miraba hacia al mar. Lejos de mostrar arrepentimiento, ambos vivieron para quererse y condenarse. Apar-Nii no se saciaba de degustar su carne y permitía que Ghiis comparara la fortaleza de su amante con la decrepitud de su padre.
Ambos amantes habrían prolongado su infamia por mucho más tiempo sino fuera porque una noche la luna se tiñó de sangre² y fue de mal augurio, tanto que los sacerdotes pronosticaron el fin de la civilización. Menchan-Pur, el máximo sacerdote, habló de la ira de los dioses, desatada por la ofensa que las atalayas de Apar-Nii le propinaban al mar. Oído esto, el viejo Chumin-Chumoc partió en busca de su hijo para que defendiera su obra ante el Cia-quic. Mas al hallarlo desnudo en los aposentos de su mujer, comprendió que la sangre de su sangre estaba corrompida y fue tan grande su rencor que tomó a su hijo y con todas sus fuerzas estrelló su cuerpo contra los peñascos en que las olas reventaban. A la infeliz mujer la incrustó con una lanza a la pared y finalmente al libar una poción venenosa que se demoró en arrebatarle la vida, consumo su desgracia.
Mas quiso el destino que Apar-Nii no muriera. Su espalda se rompió con la caída y quedó condenado a reptar como una serpiente de por vida. Lleno de tanta culpa en su interior, terminó perdiendo la razón y se ganó el desprecio y la marginación de todos los que antes lo adulaban, incluido de Chumun-Caur que sin ningún remordimiento lo entregaba. Antes de ser enjaulado como una bestia, Apar-Nii se arrastró hasta Chumun-Caur y le aseguró que llegado el momento volverían a verse las caras.
De retorno a la ciudad de los hijos del Sol, Túpac Yupanqui cargó con el orgulloso Minchan-Çaman y otros miembros de la nobleza, además de los mejores orfebres, las más bellas mujeres y también con Apar-Nii, con la confianza de que los sabios maestros de su corte podrían salvarlo de la locura y arrebatarle el secreto que lo convertiría en el conquistador de los mares.
El inca Pachacútec reprobó e escarnio de Túpac Yupanqui con los vencidos y los resarció recibiéndolos como huéspedes honorables de su feudo. A Minchan-Çaman le cedió uno de sus mejores palacios y hasta el final de sus días, el viejo inca frecuentó la compañía del que fuera cia-quic, deleitándose con su sabiduría.
Sintiendo cercano su fin, Pachacútec eligió a su hijo Amaru Yupanqui como su sucesor, pero a la muerte del inca, Túpac Yupanqui se levantó en armas y usurpó el lugar de su hermano, condenándolo al ostracismo y aniquilando a todo aquel dispuesto a cumplir con la voluntad de su padre.
Al recordar a la gente que había tomado prisionera, a los hombres que no habían perdido su fortaleza los incorporó a los ejércitos que iban a seguir extendiendo las fronteras de su imperio e hizo concubinas de sus generales a las mujeres que no se les había marchitado su belleza.
El orgulloso Minchan-Çaman se cortó las venas antes que volver a postrarse ante el hombre que destruyó su civilización.
Apar-Nii fue entregado a los hombres de ciencia. En busca de que revelara cómo es que el barro se hace indisoluble y resistente a las aguas, fue sometido a los más crueles tratamientos, siempre ante la atenta vigilancia del nuevo inca que se paseaba alrededor del cautivo, anhelando que se le devolviera la razón.
Sin embargo, Apar-Nii se negó a salir de su demencia. Túpac Yupanqui ordenó que se le aplicaran los más espantosos tormentos, pero el silencio del constructor de los mares se mantuvo inalterable. El inca se soslayó con su prisionero. Le arranchó las uñas. Le arranchó los dientes. Quemó la planta de sus pies. Cegó su visión con la punta de un hierro caliente. Pero de la boca de Apar-Nii sólo salían plegarias que imploraban el perdón de sus antepasados. Enloquecía a sus torturadores diciéndoles que ningún castigo era suficiente para aquel que ha deshonrado a su padre.
Vencido el inca ante la terquedad de su víctima, ordenó que lo desollasen vivo y le arrancharan el corazón. Uno de sus consejeros le sugirió libar de los pensamientos de Apar-Nii y haciéndole caso, ordenó que lo decapitaran y trajeran su cabeza; de ella bebió chicha mezclada con su sangre que era salada como el agua del mar.
Esa noche, mientras Túpac Yupanqui dormía su embriaguez, recibió la visita de Apar-Nii, pero no era aquel enfermo que se arrastraba por el piso, sino un hombre altivo que con palabras seguras y libres de la locura, le vaticinaban que algún día su imperio del Sol sufriría el mismo final miserable de los hijos de la Luna.
Y no fue su única visita. Los restos de Apar-Nii se disolvieron en manos de sus captores y se hicieron nubes que surcaron el cielo hasta darle el encuentro a Chumun-Caur. Las gotas que cayeron sobre él fueron tan corrosivas que lo postraron de dolor y desgarraron su piel. Nadie pudo aliviar su espantosa agonía. Expiró gritando el nombre de Apar-Nii y disculpándose por pisotear el orgullo de su civilización.
Las obras monumentales de Apar-Nii se mantuvieron de pie hasta que el inca Huayna Cápac aplastó de manera sangrienta, el movimiento insurgente de Guaman-Chumo, hijo de Chumun-Caur e incendió la gran ciudad.
Al mismo tiempo que el último rebelde moría ajusticiado, como por designio divino un fuerte maretazo trajo las atalayas abajo.
De retorno a la ciudad de los hijos del Sol, Túpac Yupanqui cargó con el orgulloso Minchan-Çaman y otros miembros de la nobleza, además de los mejores orfebres, las más bellas mujeres y también con Apar-Nii, con la confianza de que los sabios maestros de su corte podrían salvarlo de la locura y arrebatarle el secreto que lo convertiría en el conquistador de los mares.
El inca Pachacútec reprobó e escarnio de Túpac Yupanqui con los vencidos y los resarció recibiéndolos como huéspedes honorables de su feudo. A Minchan-Çaman le cedió uno de sus mejores palacios y hasta el final de sus días, el viejo inca frecuentó la compañía del que fuera cia-quic, deleitándose con su sabiduría.
Sintiendo cercano su fin, Pachacútec eligió a su hijo Amaru Yupanqui como su sucesor, pero a la muerte del inca, Túpac Yupanqui se levantó en armas y usurpó el lugar de su hermano, condenándolo al ostracismo y aniquilando a todo aquel dispuesto a cumplir con la voluntad de su padre.
Al recordar a la gente que había tomado prisionera, a los hombres que no habían perdido su fortaleza los incorporó a los ejércitos que iban a seguir extendiendo las fronteras de su imperio e hizo concubinas de sus generales a las mujeres que no se les había marchitado su belleza.
El orgulloso Minchan-Çaman se cortó las venas antes que volver a postrarse ante el hombre que destruyó su civilización.
Apar-Nii fue entregado a los hombres de ciencia. En busca de que revelara cómo es que el barro se hace indisoluble y resistente a las aguas, fue sometido a los más crueles tratamientos, siempre ante la atenta vigilancia del nuevo inca que se paseaba alrededor del cautivo, anhelando que se le devolviera la razón.
Sin embargo, Apar-Nii se negó a salir de su demencia. Túpac Yupanqui ordenó que se le aplicaran los más espantosos tormentos, pero el silencio del constructor de los mares se mantuvo inalterable. El inca se soslayó con su prisionero. Le arranchó las uñas. Le arranchó los dientes. Quemó la planta de sus pies. Cegó su visión con la punta de un hierro caliente. Pero de la boca de Apar-Nii sólo salían plegarias que imploraban el perdón de sus antepasados. Enloquecía a sus torturadores diciéndoles que ningún castigo era suficiente para aquel que ha deshonrado a su padre.
Vencido el inca ante la terquedad de su víctima, ordenó que lo desollasen vivo y le arrancharan el corazón. Uno de sus consejeros le sugirió libar de los pensamientos de Apar-Nii y haciéndole caso, ordenó que lo decapitaran y trajeran su cabeza; de ella bebió chicha mezclada con su sangre que era salada como el agua del mar.
Esa noche, mientras Túpac Yupanqui dormía su embriaguez, recibió la visita de Apar-Nii, pero no era aquel enfermo que se arrastraba por el piso, sino un hombre altivo que con palabras seguras y libres de la locura, le vaticinaban que algún día su imperio del Sol sufriría el mismo final miserable de los hijos de la Luna.
Y no fue su única visita. Los restos de Apar-Nii se disolvieron en manos de sus captores y se hicieron nubes que surcaron el cielo hasta darle el encuentro a Chumun-Caur. Las gotas que cayeron sobre él fueron tan corrosivas que lo postraron de dolor y desgarraron su piel. Nadie pudo aliviar su espantosa agonía. Expiró gritando el nombre de Apar-Nii y disculpándose por pisotear el orgullo de su civilización.
Las obras monumentales de Apar-Nii se mantuvieron de pie hasta que el inca Huayna Cápac aplastó de manera sangrienta, el movimiento insurgente de Guaman-Chumo, hijo de Chumun-Caur e incendió la gran ciudad.
Al mismo tiempo que el último rebelde moría ajusticiado, como por designio divino un fuerte maretazo trajo las atalayas abajo.
1. Los Chimor se hacían llamar los hijos de Shi (la Luna) que era su deidad suprema, superior al Sol pues de día la luna podía verse, en cambio el Sol desaparecía en la noche. N. del E.
1. Todo este conocimiento, el profesor Asmat deduce que era celosamente custodiado por los miembros del Clero y que la escritura era un privilegio no compartido con las clases de baja condición. Uno de ellos debió ser el autor del códice y lo debió redactar 50 años después de la conquista incásica. N. del E.
2. Túpac Yupanqui no sólo fue el gran inca conquistador, también pasó a la historia como «el inca navegante». Según el cronista Sarmiento de Gamboa, Túpac Yupanqui se hizo a la mar y llegó a la Polinesia, bautizando a las islas que arribó con los nombres de Ninanchumbi y Ahuanchumbi. N. del E.
2. Túpac Yupanqui no sólo fue el gran inca conquistador, también pasó a la historia como «el inca navegante». Según el cronista Sarmiento de Gamboa, Túpac Yupanqui se hizo a la mar y llegó a la Polinesia, bautizando a las islas que arribó con los nombres de Ninanchumbi y Ahuanchumbi. N. del E.
1. Se sabe que diez fueron los soberanos de la civilización Chimor. Los tres primeros fueron Tacaynamo, Guacri-Caur y Ñancen-Pinco. De los seis que siguieron se desconoce su nombre y el último fue Minchan-Çaman. Llama la atención que el códice obvie también el nombre del octavo soberano. N. del E.
2. Sin dudas se refiere a Chan Chan, considerada la ciudad más grande de la América precolombina. Se cree que en su momento de mayor auge debió extenderse por 20 mil km² y albergar una población de 100 mil habitantes. N. del E.
3. Es probable que se refiera al canal intervalles, célebre por su extensión. Alcanzaba los 80 kms. Y unía los valles de Moche y Chicama. N. del E.
4. Podría tratarse del Fenómeno del Niño que de cuando en cuando anega el norte del Perú. N. del E.
5. Llama la atención la similitud de este pasaje con el «Prometeo Encadenado» de la mitología griega. N. del E.
6. El profesor Asmat sostenía que los Chimor eran descendientes de los Mayas y situaba el viaje iniciático del que habla el códice a un punto de Guatemala. N. del E.
2. Sin dudas se refiere a Chan Chan, considerada la ciudad más grande de la América precolombina. Se cree que en su momento de mayor auge debió extenderse por 20 mil km² y albergar una población de 100 mil habitantes. N. del E.
3. Es probable que se refiera al canal intervalles, célebre por su extensión. Alcanzaba los 80 kms. Y unía los valles de Moche y Chicama. N. del E.
4. Podría tratarse del Fenómeno del Niño que de cuando en cuando anega el norte del Perú. N. del E.
5. Llama la atención la similitud de este pasaje con el «Prometeo Encadenado» de la mitología griega. N. del E.
6. El profesor Asmat sostenía que los Chimor eran descendientes de los Mayas y situaba el viaje iniciático del que habla el códice a un punto de Guatemala. N. del E.
1. Se refiere a la gran muralla Chimor que se extiende a los largo de 66 kms. y se edificó para evitar la penetración incásica. N. del E.
2. Este pasaje hace clara alusión a un eclipse lunar que para los Chimor era presagio de tiempos funestos. Los eclipses solares, en cambio, eran recibidos con regocijo. N. del E.
2. Este pasaje hace clara alusión a un eclipse lunar que para los Chimor era presagio de tiempos funestos. Los eclipses solares, en cambio, eran recibidos con regocijo. N. del E.
Noviembre 2004
Como todos los domingos, al acercarse la noche, don Nicolás Arancibia se dejó invadir por la nostalgia y se olvidó de los pequeños que correteaban libres de colegio, de la esposa que preparaba sabrosas tortillas rellenas de queso, de la hija que hablaba de futuros proyectos, del yerno de origen maorí que siempre le entretenía con relatos de guerra de sus ancestros. Colocando un viejo disco de vinilo que contenía valses de la antigua guardia, se recostó en su sillón favorito y cerró los ojos para que no lo vieran regocijarse con el recuerdo del viejo amor, emergiendo la imagen prístina de Camila Moullán, la chica amada, la chica bella, la chica buena por todos sus costados y que le torturaba haberla dejado escapar.
Dejándose transportar por la música, recordó que fue en el segundo semestre del cuarenta y tres cuando la conoció. La universidad y la ciudad entera estaba conmocionada por el espantoso crimen que se había cometido en la pensión que todos conocían como la de “Los Norteños”, ubicada en la plaza de Armas, al lado del diario La Industria. El asesino era un muchacho chiclayano de apellido Toledo, estudiante de ingeniería química, que en un arrebato pasional, acabó con la vida de su amante, un joven de menos edad que él, apellidado Aguilar. Con una sierra descuartizó el cadáver en su bañera y luego los metió en dos maletas grandes con las que trató de huir, tomando un bus hacia el norte, pero la sangre que emanaba de su equipaje lo delató y antes que la policía lo aprehendiera, se suicidó con dos pastillas de cianuro que llevaba en el bolsillo y que le arrebataron la vida en contados segundos.
Don Nicolás era estudiante de medicina forense y fue invitado al lugar de los hechos para la reconstrucción del crimen. Entre las miradas curiosas estaba la de Camila quien se hospedaba con dos amigas de la Facultad de Enfermería en la habitación continua. Al preguntarle si había escuchado algo la noche del asesinato, supo que había llegado a Trujillo desde un punto perdido de Contumazá, hace un par de años, en plena guerra con el Ecuador. Ese fin de semana la invitó al cine a ver una comedia de Capra y a la semana siguiente otra comedia de Cukor y a la salida le declaró su amor. Ella, que tan linda se veía con las trencitas de su cabello y su figurita de muñeca de porcelana, dijo que sí y desde esa matinée era imposible no verlos juntos. Nicolás se había alejado de los grupos militantes cautivado por la sonrisa que formaba un par de hoyuelos en la cara de Camila. No hacía caso de los reparos de su propia familia, aristocrática desde los tiempos de Bolívar y que no veían con agrado que un miembro de su linaje enamorara con una serranita chiquita y esmirriada. “Si vuestra luz en vez de guiarme, me enceguece, mejor cerrar los ojos y seguir lo que mi corazón alumbra”, se atrevió a decirle Nicolás a sus progenitores al verlo tan ebrio de felicidad.
Pasaron semanas, y en la oscuridad del cine Popular, Nicolás se atrevió a deslizar su mano debajo de la blusa de Camila y al apoderarse de su seno no supo qué hacer con él. Camila se levantó llorando de la butaca y Nicolás abochornado, corrió tras ella, dándole alcance tres cuadras más allá, obligándola a tomar asiento en una banca de la plazoleta San Agustín. Arrepentido de su arrebato, pidió perdón y juró que nunca más volvería a rozar siquiera sus partes indebidas, hasta que no los consagraran marido y mujer en el templo de al frente. Camila entonces volvió a estallar en lágrimas y le contó lo que hace tanto tiempo debía pero no se atrevía a confesar.
–Yo soy impura, Nicolás y no merezco que me ames. No, no digas nada hasta escuchar lo que tengo que decirte... Poco antes de cumplir quince años, un hombre misterioso y de edad muy avanzada, llegó a mi pueblo. El padre Gaetano lo alojó en su casa de la que rara vez salía, pero cuando lo hacía, se acercaba a los niños y les pedía que se le acercaran con el cuento de que les iba a invitar golosinas. Yo y todos los demás, apenas lo veíamos, nos alejábamos o corríamos a casa para no verle la cara. Pero aprovechando que el padre Gaetano se ausentó varios días, ese desgraciado me cogió a la salida de la escuela y me llevó a rastras a su cuarto. Yo lloraba y le rogaba que me dejara, que no me hiciera nada, pero enervado aún más con mi sufrimiento, me insultó, me golpeó y me obligó a…
Camila no pudo hablar más, las palabras se ahogaron en su llanto desconsolado. Nicolás, sintiendo el corazón en un hueco, la tomó de los hombros y le exigió que siguiera con su relato.
–Con sus uñas afiladas me quitó la ropa y se recostó encima de mí, moviéndose como loco, como perro que echa espuma por la rabia y se gozaba al desgarrar mis entrañas. Al terminar, se levantó y no mostró ninguna compasión por mi dolor. Me maniató como bulto en el piso de la cocina y me colocó el mantel del altar para que detuviera la hemorragia que corría por mis piernas. Luego me arrojó ostias sin consagrar para que me alimentase y se tomó todo el vino de la iglesia antes de caer dormido en la cama del padre. Yo aproveché eso para liberarme e intentar escapar; pero fue imposible, la puerta estaba con llave y las ventanas tapiadas. El ruido que hice no hizo más que despertarlo y tambaleando se acercó y me tomó de las muñecas con las ganas de volver a abusar de mí; pero gracias a Dios, en ese momento mi padre y varios vecinos tumbaron la puerta y cogieron a ese miserable, llevándolo a la plaza, donde lo ataron a un árbol, lo apalearon y le quitaron la vida a punta de pedradas. Su cuerpo hecho un amasijo de sangre fue cargado en el lomo de una mula y arrojado en un desfiladero lejos del pueblo... A mí me dieron fiebres muy altas y estuve a punto de morir. El padre Gaetano, al llegar me fue a ver y me echó agua bendita, pidiéndonos perdón por haberlo acogido. Les contó a todos que ese infeliz había sido sacerdote de una comarca que quedaba a dos días de camino, de donde había huido por cometer los mismos abusos contra otros menores de edad... Unos días después y gracias a los cuidados de mi abuela que conocía los efectos de unas hierbas, me pude curar, pero algo en mí sigue enfermo hasta el día de hoy.
Nicolás no pudo soportar la declaración de Camila. Enceguecido por la indignación y avergonzado de amar a una mujer que había sido despojada de su virtud, se puso de pie y la dejó allí, sentada, sin conmoverse por la congoja que había en sus ojos. Sin pronunciar una palabra se alejó y se obstinó en no volver a verla nunca más. En los días que se sucedieron, se dedicó a devorar libros, a militar de nuevo en el Partido, a embriagarse con los amigos. Pero no había caso. La falta de Camila lo destruía. No comía, no dormía, no vivía. Tan marchito era su semblante que su propia progenitora, madre al fin y al cabo, de tenaz opositora al amor de su hijo, ahora le rogaba que la buscase, que dejara la furia de lado y supiera perdonar.
Sin embargo, le fue muy duro dejar los prejuicios y volver en busca de Camila. Habían pasado dos meses y la encontró en los pasadizos de la universidad. Ella intentó pasar desapercibida pero Nicolás la tomó del brazo y la sacó de un mar de gente. “No llores porque no vengo a humillarte”, le dijo y sin tomar en cuenta que Camila tenía clases, salieron caminando a paso ligero y no se detuvieron hasta llegar a la misma plazoleta donde se hablaron por última vez.
–Perdóname por enamorarte de mí. Yo debí decirte antes…
–Cállate y no pienses más en lo que pasó.
–¡Pero cómo hago para quitármelo de la cabeza! ¡No puedo! Pienso que ese maldito está acechándome en cada calle, al voltear en cada esquina. A veces sueño que me coge y yo grito y grito y nadie hace nada por salvarme… Que Dios me perdone por odiarlo tanto y desear que se pudra en el Infierno.
–Qué no daría yo por salvarte, por estar en ese instante y evitar que suceda lo que te pasó. Pero lamentablemente no podemos hacer nada y sólo nos queda sacarte ese sentimiento culpable y hacerte pensar que todo fue una pesadilla y no sucedió jamás. Si temes que ese infeliz puede volver para hacerte daño, piensa que yo estaré allí para protegerte y destrozarlo con mis propias manos. Porque ya sufrí mucho y no quiero pasar ni un minuto más sin ti. Quiero casarme contigo, siempre y cuando aceptes olvidar y otras cosas más… No quiero que regreses nunca más a tu pueblo. Allá siempre te señalarán como la niña ultrajada y no lo puedo soportar. Dios perdona el pecado pero no el escándalo. Te propongo inventarte una nueva vida, donde no tengas pasado, pero sí presente y futuro. Yo puedo olvidar si prometes que ese momento espantoso no va a estar entre nosotros y no será para mí un motivo del cual avergonzarme.
Sin pensarlo mucho, Camila dijo que sí, que renunciaba a todos los familiares y amigos del pasado a cambio de ese amor puro y verdadero que de nuevo la hacía confiar y sonreír. Le juró a Nicolás que nunca nada ni nadie mancharía su honor y para estar más seguros; aceptaron la propuesta de radicar en el extranjero. Nueva Zelanda era un buen país que favorecía la inmigración y estaba muy lejos de que alguien pudiera enrostrarle la afrenta sufrida.
Y así trascurrieron un par de años en que ambos volvieron a ser felices. Iban a fiestas, al cine, a tomar helados, se divertían y paseaban llenos de alegría por los jirones de Trujillo. Durante todo ese tiempo, Nicolás cumplió con la promesa de no tocarla en sus zonas indebidas y supo consolar a Camila cada vez que creía distinguir en una sombra a la persona que la había ultrajado.
Al hacerse posible la residencia en Christchurch, Nueva Zelanda, al ganarse Nicolás la beca que le ofrecía la Universidad de Canterbury, la pareja formalizó su noviazgo y fijaron la ceremonia para el día en que la bomba atómica cayó sobre Nagasaki.
Esa noche, Camila sufrió un ataque de nervios y trataba de darse valor para que nada, ni siquiera la ominosa experiencia de su pasado, echara todo a perder. Su madre al acomodarle su tocado le dijo: “Irás de blanco a las manos de tu esposo, pues la pureza de tu espíritu no ha sido ultrajado”; y su padre, con porte gallardo, le dio el aplomo que necesitaba al darle un beso y estirar su brazo para marchar juntos al templo de San Agustín.
Con paso decidido, Camila caminó rumbo al altar donde el novio la esperaba. Decenas de invitados, lo mejor de la alta sociedad, le obsequiaban aplausos y deseos sinceros de felicidad. Incluso la hermana de Nicolás, que la había calificado de “chola igualada”, aplaudía a rabiar. Nada pues, parecía poder estropear ese momento mágico, Nada si no fuera que al levantar la mirada y fijarse en la persona que los iba a casar, su dicha se desdibujó en amargura y sin dar ninguna explicación, soltó la mano del novio y se echó a correr despavorida, como si hubiese visto la imagen del mismo Satanás.
Nadie de los presentes atinó a atajar a la novia fugitiva. Atado por la sorpresa y por las miradas que lo acosaban, Nicolás se quedó parado y se sumió en el dolor y la vergüenza, los mismos que lo han acompañado por el resto de sus días porque no la volvió a ver jamás. Como si de un exiliado se tratara se refugió en Nueva Zelanda y en ese momento que iba camino al hospital dentro de una ambulancia que ululaba pues su vida se apagaba, se preguntó por última vez cual sería el motivo de haberlo dejado plantado en el altar. Nunca nadie le explicó que Camila Moullán reconoció en el sacerdote el vivo retrato del hombre que le arrebató su virtud. Detrás de su velo pudo apreciar la misma sonrisa, la misma expresión libidinosa que guardaba en su memoria y le ocasionaba ese pánico que la obligó a huir sin detenerse a pensar que no se trataba precisamente de un fantasma, sino del hermano gemelo del que había muerto lapidado en su pueblo y que como él, era sacerdote aunque de probada virtud, lo que con el tiempo le valdría para colocarse la sortija obispal.
Los últimos pensamientos de don Nicolás fueron para pensar en el destino de Camila. ¿A dónde habría ido a parar? Nunca lo sabría, pero seguro que también habría envejecido escondida por allí, donde no tuviese que cerrar los ojos y la vieran mirar.
Dejándose transportar por la música, recordó que fue en el segundo semestre del cuarenta y tres cuando la conoció. La universidad y la ciudad entera estaba conmocionada por el espantoso crimen que se había cometido en la pensión que todos conocían como la de “Los Norteños”, ubicada en la plaza de Armas, al lado del diario La Industria. El asesino era un muchacho chiclayano de apellido Toledo, estudiante de ingeniería química, que en un arrebato pasional, acabó con la vida de su amante, un joven de menos edad que él, apellidado Aguilar. Con una sierra descuartizó el cadáver en su bañera y luego los metió en dos maletas grandes con las que trató de huir, tomando un bus hacia el norte, pero la sangre que emanaba de su equipaje lo delató y antes que la policía lo aprehendiera, se suicidó con dos pastillas de cianuro que llevaba en el bolsillo y que le arrebataron la vida en contados segundos.
Don Nicolás era estudiante de medicina forense y fue invitado al lugar de los hechos para la reconstrucción del crimen. Entre las miradas curiosas estaba la de Camila quien se hospedaba con dos amigas de la Facultad de Enfermería en la habitación continua. Al preguntarle si había escuchado algo la noche del asesinato, supo que había llegado a Trujillo desde un punto perdido de Contumazá, hace un par de años, en plena guerra con el Ecuador. Ese fin de semana la invitó al cine a ver una comedia de Capra y a la semana siguiente otra comedia de Cukor y a la salida le declaró su amor. Ella, que tan linda se veía con las trencitas de su cabello y su figurita de muñeca de porcelana, dijo que sí y desde esa matinée era imposible no verlos juntos. Nicolás se había alejado de los grupos militantes cautivado por la sonrisa que formaba un par de hoyuelos en la cara de Camila. No hacía caso de los reparos de su propia familia, aristocrática desde los tiempos de Bolívar y que no veían con agrado que un miembro de su linaje enamorara con una serranita chiquita y esmirriada. “Si vuestra luz en vez de guiarme, me enceguece, mejor cerrar los ojos y seguir lo que mi corazón alumbra”, se atrevió a decirle Nicolás a sus progenitores al verlo tan ebrio de felicidad.
Pasaron semanas, y en la oscuridad del cine Popular, Nicolás se atrevió a deslizar su mano debajo de la blusa de Camila y al apoderarse de su seno no supo qué hacer con él. Camila se levantó llorando de la butaca y Nicolás abochornado, corrió tras ella, dándole alcance tres cuadras más allá, obligándola a tomar asiento en una banca de la plazoleta San Agustín. Arrepentido de su arrebato, pidió perdón y juró que nunca más volvería a rozar siquiera sus partes indebidas, hasta que no los consagraran marido y mujer en el templo de al frente. Camila entonces volvió a estallar en lágrimas y le contó lo que hace tanto tiempo debía pero no se atrevía a confesar.
–Yo soy impura, Nicolás y no merezco que me ames. No, no digas nada hasta escuchar lo que tengo que decirte... Poco antes de cumplir quince años, un hombre misterioso y de edad muy avanzada, llegó a mi pueblo. El padre Gaetano lo alojó en su casa de la que rara vez salía, pero cuando lo hacía, se acercaba a los niños y les pedía que se le acercaran con el cuento de que les iba a invitar golosinas. Yo y todos los demás, apenas lo veíamos, nos alejábamos o corríamos a casa para no verle la cara. Pero aprovechando que el padre Gaetano se ausentó varios días, ese desgraciado me cogió a la salida de la escuela y me llevó a rastras a su cuarto. Yo lloraba y le rogaba que me dejara, que no me hiciera nada, pero enervado aún más con mi sufrimiento, me insultó, me golpeó y me obligó a…
Camila no pudo hablar más, las palabras se ahogaron en su llanto desconsolado. Nicolás, sintiendo el corazón en un hueco, la tomó de los hombros y le exigió que siguiera con su relato.
–Con sus uñas afiladas me quitó la ropa y se recostó encima de mí, moviéndose como loco, como perro que echa espuma por la rabia y se gozaba al desgarrar mis entrañas. Al terminar, se levantó y no mostró ninguna compasión por mi dolor. Me maniató como bulto en el piso de la cocina y me colocó el mantel del altar para que detuviera la hemorragia que corría por mis piernas. Luego me arrojó ostias sin consagrar para que me alimentase y se tomó todo el vino de la iglesia antes de caer dormido en la cama del padre. Yo aproveché eso para liberarme e intentar escapar; pero fue imposible, la puerta estaba con llave y las ventanas tapiadas. El ruido que hice no hizo más que despertarlo y tambaleando se acercó y me tomó de las muñecas con las ganas de volver a abusar de mí; pero gracias a Dios, en ese momento mi padre y varios vecinos tumbaron la puerta y cogieron a ese miserable, llevándolo a la plaza, donde lo ataron a un árbol, lo apalearon y le quitaron la vida a punta de pedradas. Su cuerpo hecho un amasijo de sangre fue cargado en el lomo de una mula y arrojado en un desfiladero lejos del pueblo... A mí me dieron fiebres muy altas y estuve a punto de morir. El padre Gaetano, al llegar me fue a ver y me echó agua bendita, pidiéndonos perdón por haberlo acogido. Les contó a todos que ese infeliz había sido sacerdote de una comarca que quedaba a dos días de camino, de donde había huido por cometer los mismos abusos contra otros menores de edad... Unos días después y gracias a los cuidados de mi abuela que conocía los efectos de unas hierbas, me pude curar, pero algo en mí sigue enfermo hasta el día de hoy.
Nicolás no pudo soportar la declaración de Camila. Enceguecido por la indignación y avergonzado de amar a una mujer que había sido despojada de su virtud, se puso de pie y la dejó allí, sentada, sin conmoverse por la congoja que había en sus ojos. Sin pronunciar una palabra se alejó y se obstinó en no volver a verla nunca más. En los días que se sucedieron, se dedicó a devorar libros, a militar de nuevo en el Partido, a embriagarse con los amigos. Pero no había caso. La falta de Camila lo destruía. No comía, no dormía, no vivía. Tan marchito era su semblante que su propia progenitora, madre al fin y al cabo, de tenaz opositora al amor de su hijo, ahora le rogaba que la buscase, que dejara la furia de lado y supiera perdonar.
Sin embargo, le fue muy duro dejar los prejuicios y volver en busca de Camila. Habían pasado dos meses y la encontró en los pasadizos de la universidad. Ella intentó pasar desapercibida pero Nicolás la tomó del brazo y la sacó de un mar de gente. “No llores porque no vengo a humillarte”, le dijo y sin tomar en cuenta que Camila tenía clases, salieron caminando a paso ligero y no se detuvieron hasta llegar a la misma plazoleta donde se hablaron por última vez.
–Perdóname por enamorarte de mí. Yo debí decirte antes…
–Cállate y no pienses más en lo que pasó.
–¡Pero cómo hago para quitármelo de la cabeza! ¡No puedo! Pienso que ese maldito está acechándome en cada calle, al voltear en cada esquina. A veces sueño que me coge y yo grito y grito y nadie hace nada por salvarme… Que Dios me perdone por odiarlo tanto y desear que se pudra en el Infierno.
–Qué no daría yo por salvarte, por estar en ese instante y evitar que suceda lo que te pasó. Pero lamentablemente no podemos hacer nada y sólo nos queda sacarte ese sentimiento culpable y hacerte pensar que todo fue una pesadilla y no sucedió jamás. Si temes que ese infeliz puede volver para hacerte daño, piensa que yo estaré allí para protegerte y destrozarlo con mis propias manos. Porque ya sufrí mucho y no quiero pasar ni un minuto más sin ti. Quiero casarme contigo, siempre y cuando aceptes olvidar y otras cosas más… No quiero que regreses nunca más a tu pueblo. Allá siempre te señalarán como la niña ultrajada y no lo puedo soportar. Dios perdona el pecado pero no el escándalo. Te propongo inventarte una nueva vida, donde no tengas pasado, pero sí presente y futuro. Yo puedo olvidar si prometes que ese momento espantoso no va a estar entre nosotros y no será para mí un motivo del cual avergonzarme.
Sin pensarlo mucho, Camila dijo que sí, que renunciaba a todos los familiares y amigos del pasado a cambio de ese amor puro y verdadero que de nuevo la hacía confiar y sonreír. Le juró a Nicolás que nunca nada ni nadie mancharía su honor y para estar más seguros; aceptaron la propuesta de radicar en el extranjero. Nueva Zelanda era un buen país que favorecía la inmigración y estaba muy lejos de que alguien pudiera enrostrarle la afrenta sufrida.
Y así trascurrieron un par de años en que ambos volvieron a ser felices. Iban a fiestas, al cine, a tomar helados, se divertían y paseaban llenos de alegría por los jirones de Trujillo. Durante todo ese tiempo, Nicolás cumplió con la promesa de no tocarla en sus zonas indebidas y supo consolar a Camila cada vez que creía distinguir en una sombra a la persona que la había ultrajado.
Al hacerse posible la residencia en Christchurch, Nueva Zelanda, al ganarse Nicolás la beca que le ofrecía la Universidad de Canterbury, la pareja formalizó su noviazgo y fijaron la ceremonia para el día en que la bomba atómica cayó sobre Nagasaki.
Esa noche, Camila sufrió un ataque de nervios y trataba de darse valor para que nada, ni siquiera la ominosa experiencia de su pasado, echara todo a perder. Su madre al acomodarle su tocado le dijo: “Irás de blanco a las manos de tu esposo, pues la pureza de tu espíritu no ha sido ultrajado”; y su padre, con porte gallardo, le dio el aplomo que necesitaba al darle un beso y estirar su brazo para marchar juntos al templo de San Agustín.
Con paso decidido, Camila caminó rumbo al altar donde el novio la esperaba. Decenas de invitados, lo mejor de la alta sociedad, le obsequiaban aplausos y deseos sinceros de felicidad. Incluso la hermana de Nicolás, que la había calificado de “chola igualada”, aplaudía a rabiar. Nada pues, parecía poder estropear ese momento mágico, Nada si no fuera que al levantar la mirada y fijarse en la persona que los iba a casar, su dicha se desdibujó en amargura y sin dar ninguna explicación, soltó la mano del novio y se echó a correr despavorida, como si hubiese visto la imagen del mismo Satanás.
Nadie de los presentes atinó a atajar a la novia fugitiva. Atado por la sorpresa y por las miradas que lo acosaban, Nicolás se quedó parado y se sumió en el dolor y la vergüenza, los mismos que lo han acompañado por el resto de sus días porque no la volvió a ver jamás. Como si de un exiliado se tratara se refugió en Nueva Zelanda y en ese momento que iba camino al hospital dentro de una ambulancia que ululaba pues su vida se apagaba, se preguntó por última vez cual sería el motivo de haberlo dejado plantado en el altar. Nunca nadie le explicó que Camila Moullán reconoció en el sacerdote el vivo retrato del hombre que le arrebató su virtud. Detrás de su velo pudo apreciar la misma sonrisa, la misma expresión libidinosa que guardaba en su memoria y le ocasionaba ese pánico que la obligó a huir sin detenerse a pensar que no se trataba precisamente de un fantasma, sino del hermano gemelo del que había muerto lapidado en su pueblo y que como él, era sacerdote aunque de probada virtud, lo que con el tiempo le valdría para colocarse la sortija obispal.
Los últimos pensamientos de don Nicolás fueron para pensar en el destino de Camila. ¿A dónde habría ido a parar? Nunca lo sabría, pero seguro que también habría envejecido escondida por allí, donde no tuviese que cerrar los ojos y la vieran mirar.
Septiembre 1992
Érase el dolor en los ojos del anciano, en su camino hacia la ciudad de Soar. Él y sus dos hijas eran los únicos sobrevivientes de la hecatombe, aunque pudieron ser cuatro. Maldita la curiosidad de su esposa que la hizo desobedecer la voluntad del Señor y observó el furor de su ira, quedándose ahí, petrificada, de cara a la destrucción. No tenían idea de cuánto habían recorrido cuando se cruzaron con un hombre que a duras penas caminaba, de una manera inerte que no lo conduciría a ningún lado. Su rostro lucía ennegrecido y sus extremidades corroídas por las llamas.
–Corran, se los ruego, a Egipto o a Mesopotamia. Adviértanles que las sombras de la ignorancia se asoman para devolvernos a aquel tiempo en que se nos fue vedado todo tipo de conocimiento.
Sin que pudiera soportarlo, sus piernas se doblaron y el hombre cayó de bruces al suelo. Una de ellas, la menor de las muchachas y la de espíritu más caritativo, lo acogió en su regazo.
–Escúchame, pequeña –exclamó con un susurro apenas audible–, no permitas que se olvide el por qué este valle tan fértil ha sido arrasado por el fuego. Antes que las palabras se me sequen, déjame contarte mi historia...
Imposibilitado de beber agua, la muchacha sólo pudo humedecer un retazo de lienzo y refrescar su carne calcinada mientras oía el relato extraordinario de aquella vida que se apagaba.
Y contóle que Unar era su nombre y provenía de Ur. Que era astrólogo como lo fue su padre, aquel que un día trastocó su materia en energía y se hizo uno con el firmamento. Su formación corrió a cargo de notables maestros que le inculcaron el valor del conocimiento. El precoz aprendizaje de infinidad de tablillas astrales, que explicaban la naturaleza de la Tierra, sus elementos y las constelaciones del Universo, le permitieron elaborar cartas zodiacales que predecían con exactitud infortunios y bienaventuranzas próximas a acontecer, lo que le valió convertirse en el astrólogo favorito de la familia real.
Mas un día, el mensaje que recibió de los astros fue que marchara hacia el poniente, en búsqueda del hombre más sabio del orbe y le transmitiera los anuncios que le fueron revelados. A cambio de unas monedas de plata, se montó en un onagro y formó parte de una caravana que partía rumbo a Jericó. Tomando el camino que venía del norte, cruzó el desierto hasta llegar a la gran ciudad antes que muriera la tarde y sus puertas se cerraran, salvándose de dejar su humanidad adolorida por la travesía, a merced de la carroña que moraba en la ciudad que era gobernada por el rey Bara, a sólo unas leguas de distancia. Leguas que separaban a la razón de la bestialidad, la erudición de la barbarie y la virtud de la corrupción.
–Mi nombre es Unar y provengo de Sumeria. Soy hijo de Arubiel, descendiente de Sem por la línea de Jotaphat, hijo de Arfaxad. Vengo a esta Logia del Supremo Conocimiento para darle a Nacaroch el Taumaturgo, el mensaje que los astros me han transmitido.
Mas sin lograr convencer a los incrédulos celadores de la urbe, Unar fue llevado a rastras a la presencia del rey Bersa, guerrero de origen acadio y que hace unos años había llenado de gloria su nombre al derrotar al codicioso Cordolamor, rey de los elamitas, en el valle de Sidim, aunque Melquisedec, rey de Salem, sostuviese lo contrario y le diera el crédito a los trescientos dieciocho hombres que lideraba un pastor miserable.
Al observar el desaliño del recién llegado, el rey Bersa lo confundió con algún pervertido de la corte del rey Bara, o acaso un espía, y con gesto despectivo, ordenó que le colocaran cadenas y lo condujeran al claustro donde se perfecciona el arte del tormento.
Por fortuna, su prestigio había superado los médanos y más de un miembro de la Logia del Supremo Conocimiento sabía de sus artes y profecías, por lo que fue liberado y conducido a un albergue poblado de mujeres, expertas en el cuidado y descanso de sabios y guerreros. Al despojarlo de su vestido, lo introdujeron en una pileta y limpiaron su cuerpo de tantas jornadas de sudor y arena, untándole perfume e invitándole a reposar en una tarima en la que las manos diestras de una joven muy bella hicieron desaparecer el dolor y la fatiga.
–Rogamos disculpas por la desconfianza. Pero es tanta la perversión de la ciudad que se levanta al otro lado del valle, que su mala fama nos perjudica a los dos –le dijo una mujer de edad muy avanzada, mucho más que la suya que de por sí es bastante.
Tras degustar los más exquisitos manjares a base de dátiles, carne de pescado y queso de dromedario, Unar de Sumeria fue conducido a una habitación ventilada y durmió como nunca antes lo había hecho, en un lecho blando y relleno de plumas de ánade.
Al día siguiente recorrió las amplias calles de la ciudad, llenas de rostros amables y palmeras que discurrían en línea recta o serpenteaban entre manzanas de casas que colindaban perfectamente unas con otras. Mas nada le dejó tan perplejo como el edificio de la Logia del Supremo Conocimiento, el centro de estudio más reconocido de su época, infinitamente superior a los de Mari y Mohenjo-Daro. Su imponente aspecto era semejante al zigurat de Ur, pero mucho más amplio y antiguo. Una fina capa de arcilla revestía sus torres escalonadas de adobes, adheridos con una pasta especial y reforzados con vigas de unión y esteras. Amplios tramos de escalera conducían a sus tres niveles y a los aposentos de Nacaroch el Taumaturgo ubicados en lo más alto de la construcción.
–¡Aguarde aquí! –le indicó uno de los sabios, procedente de Ugarit, haciéndolo pasar a un salón amplio, de techo muy alto y de cuyas columnas irradiaba una luz artificial tan brillante como la luz del día.
Aventurándose en sus anaqueles, descubrió con verdadero deleite que yacían apilados infinidad de pergaminos venidos desde distintos puntos del orbe. El Usos y Costumbres de los Atlantes, escrito mil años antes de su desaparición. Del Nilo provenía el Arte de embalsamar y preparación del viaje al más allá y el Traslado de inmensos bloques de piedra, disminuyendo veinte veces su peso real, ambos escritos en el esplendor de la IV dinastía. Del Éufrates provenía la Epístola de Utnapistim a Gilgamesh. Del Egeo la Piedra angular de la moral de Minos, Eaco y Radamanto, hombres justos hechos inmortales por los dioses para el juzgamiento de los muertos. Del Indo una versión completa del Rigveda y otros manuscritos iniciáticos. Del valle de Hwan Ho Estrategias de guerra y código de honor de las artes marciales...
Extasiado por tantas maravillas, no reparó que ya había caído la noche cuando fue conducido a los aposentos de Nacaroch el Taumaturgo, el hombre más sabio y venerado de su época. Al abrirse las puertas quedó frente a él un hombre de barba y cabellera tan amplia que juntos formaban una amplia maraña alba que brillaba, dejando apenas espacio para sus pequeños ojos, vivos e incisivos, y una nariz prominente que seguía creciendo conforme pasan los siglos.
–Hace tiempo que el maestro no puede oír bien. Acérquese para que sus palabras lleguen nítidas hasta él –le recomendó un sabio que procedía de Micenas, dispuesto a dejar testimonio de la entrevista, untando con pintura una varilla tallada con delicadeza.
–Sea bienvendo a mi Logia, Unar de Sumeria –saludóle Nacaroch el Taumaturgo apenas se postró a sus pies–. El viento nos ha traído su fama en el campo de la astrología. No es precisamente una revolución cognoscitiva afirmar que los astros que yacen colgados en el firmamento son de forma esférica, pero que nuestro mundo también lo sea y lo considere el punto magnético que sirve de eje al universo, sí que me parece novedoso.
–Tengo conocimiento, su eminencia, que los sabios de esta Logia no refutan mi teoría y andan tras la fórmula matemática que les permita medir su circunferencia con exactitud. ¿No estuvo entre vosotros Tutmatsis de Sakkara, aquel que supo medir la distancia que existe entre la Tierra y el Sol?
–El mundo es redondo y todos vivimos encima de él. Si nos acercáramos a los bordes, caeríamos al infinito. ¿O acaso tiene otra explicación de por qué no nos caemos de cabeza?
–Lo que yo intento demostrar con mi teoría es...
–No pierda tiempo en explicaciones que no vienen al caso y dígame el motivo de su visita.
–No vengo con rodeos, su eminencia, ya que nos queda tan poco tiempo para lo que debemos hacer. Si vengo a su presencia, máximo representante de la sabiduría, es para informarle que el conocimiento universal corre peligro. Ese es el vaticinio de las viseras del último carnero que ofrecí en holocausto y lo he trascrito en esta carta zodiacal que deposito en vuestras manos.
–¿Ha llegado desde tan lejos para hacerme partícipe de supercherías?
–Debería creerme y tomarme en serio. Los hombres sabios escuchan y dudan también. Le pido una fracción de su atención para narrarle lo que los astros me revelaron y quizá tengamos la oportunidad de evitar nuestra mutua destrucción.
–La destrucción es inevitable, Unar de Sumeria. Todo lo que se levantó. Todo lo que camina o se arrastra. Todo lo que sentimos, pensamos o proponemos... Todo se consume y se pierde en el olvido. ¿Qué recuerdos hay de las generaciones antediluvianas? ¿Qué sabemos de su ciencia, de su arte, de sus ideas? Sólo nos ha llegado la versión de que eran seres depravados y por eso fueron perseguidos y exterminados.
–Pero el hombre es capaz de revertir estos designios. El Destino puede ser corregido y podemos hacerle frente a los caprichos de los seres que, por naturaleza, son superiores a nosotros. He visto, su eminencia, a los dioses queriendo imponer el oscurantismo y la ignorancia y para ello destruirán esta Logia y la ciudad entera. Por eso ordene que todo ese conocimiento valioso que tienen almacenado, quede a buen recaudo. He visto que la hecatombe puede suceder hoy, mañana o, si tenemos suerte, dentro de siete días.
–Los dioses nos han venido arrebatando el conocimiento desde los albores del tiempo. Otrora, los hombres sabían vivir centurias sin conocer la decrepitud. Sabían dominar la materia. Sabían desprenderse y estar en dos lugares a la vez. Sabían construir máquinas que les permitían surcar los cielos y dominar los secretos del universo. Pero el pavor de que algún día seamos iguales a ellos, idearon un diluvio que anegara y arrasara con todo el conocimiento que había en la faz de la Tierra, con la intención de animalizar al hombre, volverlo dócil y llenarlo de temores.
–¡Pero defendamos lo que bien hemos aprendido! A mi pueblo lo quieren privar del arte de la predicción. A los egipcios de la ciencia del espacio. A los sabios del Indo la posibilidad de alcanzar la naturaleza divina...
–Estos vaticinios ya son de nuestro conocimiento, Unar de Sumeria. Y no lo niego, al principio tuve miedo de ser destruido, pero ahora ya acepté que me han vencido y mi tiempo ha concluido. ¿Usted sabe quien soy en realidad? Lo dudo porque es el secreto mejor guardado de la Logia del Supremo Conocimiento. He vivido muchas lunas escondido hasta que he sido delatado por mi soberbia y ahora vienen por mí. Yo no soy Nacaroch el Taumaturgo, soy el que tomó su lugar, su figura, su mujer y sus hijos y luego transformé su materia orgánica en piedra. Yo en realidad soy Semixatem, el último hijo de Semiaxas, la deidad que se dejó llevar por la lujuria y descendió de los cielos para cohabitar con las hijas de los hombres. Yo soy el último sobreviviente de la raza de los gigantes, aquella que fundó la Atlántida, una civilización avanzada que fue hundida y exterminada por el diluvio, pero no pudieron acabar conmigo. Permanecí innumerables jornadas dentro de una montaña, alimentándome de escorpiones, murciélagos y salamandras. De eso ya ha pasado mucho. ¿Podría creer que llevo novecientos sesenta y nueve años cumplidos? Usted debe ser un hombre de ochenta años que apenas superara la centuria y seguro el nivel de vida seguirá descendiendo y la raza humana se volverá decrépita a edad más temprana. Yo fui quien edificó la torre de Babel para demostrarle a los inmortales que el ingenio humano puede alcanzar metas insospechadas. Yo fui quien vagó por el mundo que, por supuesto, es redondo como usted sostiene, pero su ciencia ya está manchada por el oscurantismo al suponer que es el eje del universo. Yo he reclutado a los sabios y librepensadores más importantes que he encontrado en mi camino para levantar esta ciudad y por ende esta Logia del Supremo Conocimiento. Nuestra intención era cobijar a todo aquel peregrino que estuviese ávido de instrucción. Pero a poca distancia, los dioses alentaron la formación de otra ciudad y la llenaron de vicio y perdición para desviar a todos los que vinieran hasta nosotros y envilecieran su alma e intelecto con superfluos placeres. Así es como con el paso de los años nos hemos ido aislando y teniendo desconfianza de los extraños porque muchos han sido los que han intentado someternos, pero el dominio en el arte de la guerra de nuestros soldados acadios, nos ha permitido seguir en pie.
–¡Por eso mismo, su eminencia! Han sido mil años de lucha constante y no han podido derrotarlo. ¿Por qué ahora se rinde?
–Su eminencia –osa intervenir el sabio de Micenas–, ese es el sentimiento de todos y cada uno de los sabios que conforman esta Logia. Por favor, siga el consejo de Unar de Sumeria. Aún podemos darle batalla a las fuerzas de la ignorancia. Hasta vuestros oídos habrá llegado el rumor de que en Cnosos un centro de estudio similar al nuestro. Estoy seguro que recibirían con beneplácito el conocimiento que podamos ofrecerles.
–Entonces huyan y carguen todo lo que puedan llevar. El Egeo es un buen lugar, pues por mucho tiempo estará en manos de Zeus, una deidad pecaminosa, pero tolerante y muy amante de las artes. En Canaán ya no queda más por hacer. Estaba escrito que esta franja de tierra sería dominada por una plebe mezquina y miserable como ninguna. Diferente cuando era de Baal, pero ahora le pertenece a Yahvé y él es enemigo de la erudición, por eso condenó a sus criaturas cuando comieron el fruto del árbol de la ciencia.
–Pero su eminencia, nosotros no somos nada sin vuestra sabiduría. No sea testarudo y acompáñenos –insistió el micénico.
–No se aflijan que sabrán sobrevivir sin mí y mis enseñanzas siempre os acompañarán. El tiempo de la raza de los gigantes ya se ha cumplido, como también se cumplirá el tiempo de la raza humana y dará paso a otra. Soy sobreviviente de algo que hace mucho debió extinguirse y no voy a rehuir más a mi destino...
Y ahí terminó la entrevista con Semixatem o quien se hacía llamar Nacaroch el Taumaturgo. En los días que se sucedieron, se organizaron caravanas hacia la costa, cargadas no sólo con artefactos de medición y manuscritos, sino también con objetos de oro y plata para comprar o rentar embarcaciones que los llevasen hasta la isla de Creta. Sin embargo, fueron muy pocas las que llegaron a su destino. Las que no fueron asaltadas por las hordas del mar, sucumbieron por el mal tiempo del Mediterráneo.
Unar de Sumeria persistió en quedarse hasta el final. Sin tomar atención en los maravillosos objetos que eran desmantelados y los extraños saberes que podían haberle confiado, se empecinó en que el máximo sabio le revelase la posibilidad de visionar más allá del espacio y del tiempo, incluso más allá de la vida y la muerte. Mas Nacaroch el Taumaturgo se negó a compartir sus saberes y se encerró en sus aposentos y aguardó con serenidad el encuentro con sus contemporáneos y ancestros.
Cuando Unar se animó a salir de la ciudad, casi de inmediato el cielo se tiñó de rojo y el aire se hizo azufre. La destrucción lo alcanzó al subir la ladera y más muerto que vivo, la inercia le haría caminar hasta darle el encuentro al anciano y sus hijas, únicos sobrevivientes de la ciudad vecina, la ciudad del pecado, destruida por los mismos objetos voladores que eran tripulados por seres cuya ciencia les enseña a crear vida y también devastación.
Esta versión de los días finales de Sodoma y Gomorra permaneció viva hasta la destrucción del pueblo de los ammonitas y cayó en el olvido, hasta que en 1767, un beduino le vendió a Lord Bolingbroke un papiro antiquísimo que daba testimonio de estos hechos.
El papiro continúa en poder de algún descendiente de Lord Bolingbroke hasta hoy.
Enero 1996
–Corran, se los ruego, a Egipto o a Mesopotamia. Adviértanles que las sombras de la ignorancia se asoman para devolvernos a aquel tiempo en que se nos fue vedado todo tipo de conocimiento.
Sin que pudiera soportarlo, sus piernas se doblaron y el hombre cayó de bruces al suelo. Una de ellas, la menor de las muchachas y la de espíritu más caritativo, lo acogió en su regazo.
–Escúchame, pequeña –exclamó con un susurro apenas audible–, no permitas que se olvide el por qué este valle tan fértil ha sido arrasado por el fuego. Antes que las palabras se me sequen, déjame contarte mi historia...
Imposibilitado de beber agua, la muchacha sólo pudo humedecer un retazo de lienzo y refrescar su carne calcinada mientras oía el relato extraordinario de aquella vida que se apagaba.
Y contóle que Unar era su nombre y provenía de Ur. Que era astrólogo como lo fue su padre, aquel que un día trastocó su materia en energía y se hizo uno con el firmamento. Su formación corrió a cargo de notables maestros que le inculcaron el valor del conocimiento. El precoz aprendizaje de infinidad de tablillas astrales, que explicaban la naturaleza de la Tierra, sus elementos y las constelaciones del Universo, le permitieron elaborar cartas zodiacales que predecían con exactitud infortunios y bienaventuranzas próximas a acontecer, lo que le valió convertirse en el astrólogo favorito de la familia real.
Mas un día, el mensaje que recibió de los astros fue que marchara hacia el poniente, en búsqueda del hombre más sabio del orbe y le transmitiera los anuncios que le fueron revelados. A cambio de unas monedas de plata, se montó en un onagro y formó parte de una caravana que partía rumbo a Jericó. Tomando el camino que venía del norte, cruzó el desierto hasta llegar a la gran ciudad antes que muriera la tarde y sus puertas se cerraran, salvándose de dejar su humanidad adolorida por la travesía, a merced de la carroña que moraba en la ciudad que era gobernada por el rey Bara, a sólo unas leguas de distancia. Leguas que separaban a la razón de la bestialidad, la erudición de la barbarie y la virtud de la corrupción.
–Mi nombre es Unar y provengo de Sumeria. Soy hijo de Arubiel, descendiente de Sem por la línea de Jotaphat, hijo de Arfaxad. Vengo a esta Logia del Supremo Conocimiento para darle a Nacaroch el Taumaturgo, el mensaje que los astros me han transmitido.
Mas sin lograr convencer a los incrédulos celadores de la urbe, Unar fue llevado a rastras a la presencia del rey Bersa, guerrero de origen acadio y que hace unos años había llenado de gloria su nombre al derrotar al codicioso Cordolamor, rey de los elamitas, en el valle de Sidim, aunque Melquisedec, rey de Salem, sostuviese lo contrario y le diera el crédito a los trescientos dieciocho hombres que lideraba un pastor miserable.
Al observar el desaliño del recién llegado, el rey Bersa lo confundió con algún pervertido de la corte del rey Bara, o acaso un espía, y con gesto despectivo, ordenó que le colocaran cadenas y lo condujeran al claustro donde se perfecciona el arte del tormento.
Por fortuna, su prestigio había superado los médanos y más de un miembro de la Logia del Supremo Conocimiento sabía de sus artes y profecías, por lo que fue liberado y conducido a un albergue poblado de mujeres, expertas en el cuidado y descanso de sabios y guerreros. Al despojarlo de su vestido, lo introdujeron en una pileta y limpiaron su cuerpo de tantas jornadas de sudor y arena, untándole perfume e invitándole a reposar en una tarima en la que las manos diestras de una joven muy bella hicieron desaparecer el dolor y la fatiga.
–Rogamos disculpas por la desconfianza. Pero es tanta la perversión de la ciudad que se levanta al otro lado del valle, que su mala fama nos perjudica a los dos –le dijo una mujer de edad muy avanzada, mucho más que la suya que de por sí es bastante.
Tras degustar los más exquisitos manjares a base de dátiles, carne de pescado y queso de dromedario, Unar de Sumeria fue conducido a una habitación ventilada y durmió como nunca antes lo había hecho, en un lecho blando y relleno de plumas de ánade.
Al día siguiente recorrió las amplias calles de la ciudad, llenas de rostros amables y palmeras que discurrían en línea recta o serpenteaban entre manzanas de casas que colindaban perfectamente unas con otras. Mas nada le dejó tan perplejo como el edificio de la Logia del Supremo Conocimiento, el centro de estudio más reconocido de su época, infinitamente superior a los de Mari y Mohenjo-Daro. Su imponente aspecto era semejante al zigurat de Ur, pero mucho más amplio y antiguo. Una fina capa de arcilla revestía sus torres escalonadas de adobes, adheridos con una pasta especial y reforzados con vigas de unión y esteras. Amplios tramos de escalera conducían a sus tres niveles y a los aposentos de Nacaroch el Taumaturgo ubicados en lo más alto de la construcción.
–¡Aguarde aquí! –le indicó uno de los sabios, procedente de Ugarit, haciéndolo pasar a un salón amplio, de techo muy alto y de cuyas columnas irradiaba una luz artificial tan brillante como la luz del día.
Aventurándose en sus anaqueles, descubrió con verdadero deleite que yacían apilados infinidad de pergaminos venidos desde distintos puntos del orbe. El Usos y Costumbres de los Atlantes, escrito mil años antes de su desaparición. Del Nilo provenía el Arte de embalsamar y preparación del viaje al más allá y el Traslado de inmensos bloques de piedra, disminuyendo veinte veces su peso real, ambos escritos en el esplendor de la IV dinastía. Del Éufrates provenía la Epístola de Utnapistim a Gilgamesh. Del Egeo la Piedra angular de la moral de Minos, Eaco y Radamanto, hombres justos hechos inmortales por los dioses para el juzgamiento de los muertos. Del Indo una versión completa del Rigveda y otros manuscritos iniciáticos. Del valle de Hwan Ho Estrategias de guerra y código de honor de las artes marciales...
Extasiado por tantas maravillas, no reparó que ya había caído la noche cuando fue conducido a los aposentos de Nacaroch el Taumaturgo, el hombre más sabio y venerado de su época. Al abrirse las puertas quedó frente a él un hombre de barba y cabellera tan amplia que juntos formaban una amplia maraña alba que brillaba, dejando apenas espacio para sus pequeños ojos, vivos e incisivos, y una nariz prominente que seguía creciendo conforme pasan los siglos.
–Hace tiempo que el maestro no puede oír bien. Acérquese para que sus palabras lleguen nítidas hasta él –le recomendó un sabio que procedía de Micenas, dispuesto a dejar testimonio de la entrevista, untando con pintura una varilla tallada con delicadeza.
–Sea bienvendo a mi Logia, Unar de Sumeria –saludóle Nacaroch el Taumaturgo apenas se postró a sus pies–. El viento nos ha traído su fama en el campo de la astrología. No es precisamente una revolución cognoscitiva afirmar que los astros que yacen colgados en el firmamento son de forma esférica, pero que nuestro mundo también lo sea y lo considere el punto magnético que sirve de eje al universo, sí que me parece novedoso.
–Tengo conocimiento, su eminencia, que los sabios de esta Logia no refutan mi teoría y andan tras la fórmula matemática que les permita medir su circunferencia con exactitud. ¿No estuvo entre vosotros Tutmatsis de Sakkara, aquel que supo medir la distancia que existe entre la Tierra y el Sol?
–El mundo es redondo y todos vivimos encima de él. Si nos acercáramos a los bordes, caeríamos al infinito. ¿O acaso tiene otra explicación de por qué no nos caemos de cabeza?
–Lo que yo intento demostrar con mi teoría es...
–No pierda tiempo en explicaciones que no vienen al caso y dígame el motivo de su visita.
–No vengo con rodeos, su eminencia, ya que nos queda tan poco tiempo para lo que debemos hacer. Si vengo a su presencia, máximo representante de la sabiduría, es para informarle que el conocimiento universal corre peligro. Ese es el vaticinio de las viseras del último carnero que ofrecí en holocausto y lo he trascrito en esta carta zodiacal que deposito en vuestras manos.
–¿Ha llegado desde tan lejos para hacerme partícipe de supercherías?
–Debería creerme y tomarme en serio. Los hombres sabios escuchan y dudan también. Le pido una fracción de su atención para narrarle lo que los astros me revelaron y quizá tengamos la oportunidad de evitar nuestra mutua destrucción.
–La destrucción es inevitable, Unar de Sumeria. Todo lo que se levantó. Todo lo que camina o se arrastra. Todo lo que sentimos, pensamos o proponemos... Todo se consume y se pierde en el olvido. ¿Qué recuerdos hay de las generaciones antediluvianas? ¿Qué sabemos de su ciencia, de su arte, de sus ideas? Sólo nos ha llegado la versión de que eran seres depravados y por eso fueron perseguidos y exterminados.
–Pero el hombre es capaz de revertir estos designios. El Destino puede ser corregido y podemos hacerle frente a los caprichos de los seres que, por naturaleza, son superiores a nosotros. He visto, su eminencia, a los dioses queriendo imponer el oscurantismo y la ignorancia y para ello destruirán esta Logia y la ciudad entera. Por eso ordene que todo ese conocimiento valioso que tienen almacenado, quede a buen recaudo. He visto que la hecatombe puede suceder hoy, mañana o, si tenemos suerte, dentro de siete días.
–Los dioses nos han venido arrebatando el conocimiento desde los albores del tiempo. Otrora, los hombres sabían vivir centurias sin conocer la decrepitud. Sabían dominar la materia. Sabían desprenderse y estar en dos lugares a la vez. Sabían construir máquinas que les permitían surcar los cielos y dominar los secretos del universo. Pero el pavor de que algún día seamos iguales a ellos, idearon un diluvio que anegara y arrasara con todo el conocimiento que había en la faz de la Tierra, con la intención de animalizar al hombre, volverlo dócil y llenarlo de temores.
–¡Pero defendamos lo que bien hemos aprendido! A mi pueblo lo quieren privar del arte de la predicción. A los egipcios de la ciencia del espacio. A los sabios del Indo la posibilidad de alcanzar la naturaleza divina...
–Estos vaticinios ya son de nuestro conocimiento, Unar de Sumeria. Y no lo niego, al principio tuve miedo de ser destruido, pero ahora ya acepté que me han vencido y mi tiempo ha concluido. ¿Usted sabe quien soy en realidad? Lo dudo porque es el secreto mejor guardado de la Logia del Supremo Conocimiento. He vivido muchas lunas escondido hasta que he sido delatado por mi soberbia y ahora vienen por mí. Yo no soy Nacaroch el Taumaturgo, soy el que tomó su lugar, su figura, su mujer y sus hijos y luego transformé su materia orgánica en piedra. Yo en realidad soy Semixatem, el último hijo de Semiaxas, la deidad que se dejó llevar por la lujuria y descendió de los cielos para cohabitar con las hijas de los hombres. Yo soy el último sobreviviente de la raza de los gigantes, aquella que fundó la Atlántida, una civilización avanzada que fue hundida y exterminada por el diluvio, pero no pudieron acabar conmigo. Permanecí innumerables jornadas dentro de una montaña, alimentándome de escorpiones, murciélagos y salamandras. De eso ya ha pasado mucho. ¿Podría creer que llevo novecientos sesenta y nueve años cumplidos? Usted debe ser un hombre de ochenta años que apenas superara la centuria y seguro el nivel de vida seguirá descendiendo y la raza humana se volverá decrépita a edad más temprana. Yo fui quien edificó la torre de Babel para demostrarle a los inmortales que el ingenio humano puede alcanzar metas insospechadas. Yo fui quien vagó por el mundo que, por supuesto, es redondo como usted sostiene, pero su ciencia ya está manchada por el oscurantismo al suponer que es el eje del universo. Yo he reclutado a los sabios y librepensadores más importantes que he encontrado en mi camino para levantar esta ciudad y por ende esta Logia del Supremo Conocimiento. Nuestra intención era cobijar a todo aquel peregrino que estuviese ávido de instrucción. Pero a poca distancia, los dioses alentaron la formación de otra ciudad y la llenaron de vicio y perdición para desviar a todos los que vinieran hasta nosotros y envilecieran su alma e intelecto con superfluos placeres. Así es como con el paso de los años nos hemos ido aislando y teniendo desconfianza de los extraños porque muchos han sido los que han intentado someternos, pero el dominio en el arte de la guerra de nuestros soldados acadios, nos ha permitido seguir en pie.
–¡Por eso mismo, su eminencia! Han sido mil años de lucha constante y no han podido derrotarlo. ¿Por qué ahora se rinde?
–Su eminencia –osa intervenir el sabio de Micenas–, ese es el sentimiento de todos y cada uno de los sabios que conforman esta Logia. Por favor, siga el consejo de Unar de Sumeria. Aún podemos darle batalla a las fuerzas de la ignorancia. Hasta vuestros oídos habrá llegado el rumor de que en Cnosos un centro de estudio similar al nuestro. Estoy seguro que recibirían con beneplácito el conocimiento que podamos ofrecerles.
–Entonces huyan y carguen todo lo que puedan llevar. El Egeo es un buen lugar, pues por mucho tiempo estará en manos de Zeus, una deidad pecaminosa, pero tolerante y muy amante de las artes. En Canaán ya no queda más por hacer. Estaba escrito que esta franja de tierra sería dominada por una plebe mezquina y miserable como ninguna. Diferente cuando era de Baal, pero ahora le pertenece a Yahvé y él es enemigo de la erudición, por eso condenó a sus criaturas cuando comieron el fruto del árbol de la ciencia.
–Pero su eminencia, nosotros no somos nada sin vuestra sabiduría. No sea testarudo y acompáñenos –insistió el micénico.
–No se aflijan que sabrán sobrevivir sin mí y mis enseñanzas siempre os acompañarán. El tiempo de la raza de los gigantes ya se ha cumplido, como también se cumplirá el tiempo de la raza humana y dará paso a otra. Soy sobreviviente de algo que hace mucho debió extinguirse y no voy a rehuir más a mi destino...
Y ahí terminó la entrevista con Semixatem o quien se hacía llamar Nacaroch el Taumaturgo. En los días que se sucedieron, se organizaron caravanas hacia la costa, cargadas no sólo con artefactos de medición y manuscritos, sino también con objetos de oro y plata para comprar o rentar embarcaciones que los llevasen hasta la isla de Creta. Sin embargo, fueron muy pocas las que llegaron a su destino. Las que no fueron asaltadas por las hordas del mar, sucumbieron por el mal tiempo del Mediterráneo.
Unar de Sumeria persistió en quedarse hasta el final. Sin tomar atención en los maravillosos objetos que eran desmantelados y los extraños saberes que podían haberle confiado, se empecinó en que el máximo sabio le revelase la posibilidad de visionar más allá del espacio y del tiempo, incluso más allá de la vida y la muerte. Mas Nacaroch el Taumaturgo se negó a compartir sus saberes y se encerró en sus aposentos y aguardó con serenidad el encuentro con sus contemporáneos y ancestros.
Cuando Unar se animó a salir de la ciudad, casi de inmediato el cielo se tiñó de rojo y el aire se hizo azufre. La destrucción lo alcanzó al subir la ladera y más muerto que vivo, la inercia le haría caminar hasta darle el encuentro al anciano y sus hijas, únicos sobrevivientes de la ciudad vecina, la ciudad del pecado, destruida por los mismos objetos voladores que eran tripulados por seres cuya ciencia les enseña a crear vida y también devastación.
Esta versión de los días finales de Sodoma y Gomorra permaneció viva hasta la destrucción del pueblo de los ammonitas y cayó en el olvido, hasta que en 1767, un beduino le vendió a Lord Bolingbroke un papiro antiquísimo que daba testimonio de estos hechos.
El papiro continúa en poder de algún descendiente de Lord Bolingbroke hasta hoy.
Enero 1996
A la muerte de Luis XVIII en 1824, su hermano Carlos X siguió la antigua tradición de los reyes de Francia y se hizo coronar en Reims. Al poco tiempo, el nuevo monarca se propuso enmendar los exabruptos que la revolución había ocasionado en los últimos treinta y cinco años. A la supresión de la libertad de prensa, las reformas de las leyes electorales y la posterior disolución del Parlamento, se aunaba un pacto de palabra en la que el clero pronto recuperaría su posición privilegiada en la escena política de la nación.
Conocedor de mi fiel vocación al servicio de Dios, el cardenal me encomendó erradicar las ideas heréticas de los albigenses y otros oscuros predicadores que se aprovechaban de la ignorancia de la plebe para profanar las palabras de nuestro Señor a lo largo de los Pirineos. Al hallarme en Burdeos, fue arrestado y llevado a mi presencia, un blasfemo que se hacía llamar Volteron –en alusión a François Marie Arouet– que pregonaba a viva voz que María Magdalena había sido esposa de Jesucristo, que tras la crucifixión huyó y se refugió en el sur de Francia y que su descendencia había dado origen a la dinastía merovingia.
Azotado y obligado a abjurar de sus apostasías, el hereje confesó que él no era más que difusor de lo que había aprendido de una comunidad clandestina en Carcasona a la que se negó delatar. Para menguar su castigo, me aseguró que su predica no combatía al catolicismo y que creía en Cristo como salvador de la humanidad; pero también aceptaba como verdad que Cristo hecho carne, se enamoró y se casó, según la tradición judaica de su tiempo, y nunca predicó ni recomendó el celibato por ser contrario a la voluntad divina de “Creced y multiplicaos”.
Gracias a los poderes conferidos y pactados con la autoridad civil, Volteron fue condenado a muerte por el delito de atentar contra el patrimonio de la Iglesia, al pintar en paredes de templos y conventos, mensajes que subvierten la Fe. Sin embargo, un sacerdote de apellido Chaminade, que acababa de fundar una congregación bajo el nombre de la sagrada Virgen, intercedió por él y sostuvo que la demencia no era suficiente motivo para acabar con la vida de un reo.
–Hace mucho que conozco a este individuo y puedo aseverar que su móvil no es destruir a la Iglesia Católica como institución. Este hombre lo que padece es pena por un amor no correspondido.
Chaminade lo tomó con ternura y levantó su rostro poblado de una barba encanecida y marchita, quedando sus ojos ante mí.
–Deja el disfraz de Volteron el blasfemo y deja que hable el joven Aristide Duchamp que yo conocí. Cuéntales de aquel invierno, en los lejanos días de la revolución, cuando una historia de amor quedó plasmada en los cuadernos de tu memoria…
No recuerdo cuán larga fue la distancia que recorrí. Llevaba la pierna desgarrada, a merced del frío, dejando un rastro de sangre en la gruesa capa de nieve. Mi andar se tornaba cansino a medida que sentía mis huesos entumecidos, mis músculos acalambrados y mis pies húmedos y adoloridos. Ante mis ojos sólo hallaba uno que otro árbol raquítico en medio de tanta desolación, lo que minaba mis fuerzas y mi resistencia. Mi cabeza giraba y un intenso desgano me decía que seguir era en vano. La invitación a desplomarme, quizá para siempre, ya no me parecía dramática, sino más bien placentera y sin darme cuenta mi cuerpo se dejó caer y lo último que sentí fue el beso que mi rostro recibió de la nieve. “¡Qué venga la muerte!”, me dije sin ninguna angustia, aguardando que su encuentro no sea lento ni doloroso.
Sumido en la inconsciencia, no sé por cuánto tiempo, en mi mente revolotearon imágenes lozanas de mi adolescencia, época dorada de mi vida, en la que no conocía de lamentos y sufrimientos. Envuelto en ese estado onírico, qué ganas sentía de romper a gritar, de amar, de seguir cabalgando por la vida…
–Dios te salve, María. Llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús…
¡Vaya! Escuchaba palabras. Parecía que lejos de lo sostenido por Voltaire, sí existe una ciudad de Dios en donde confluyen todas las plegarias que le hacen a la madre de la cristiandad. Presté más atención y distinguí voces femeninas, demasiado guturales para ser angelicales. Las sentí acercarse. Cada vez más. Quise entonces arrepentirme por haber vivido una vida disipada y por haberme burlado de lo que los sacerdotes predicaban. Todo era tan oscuro y las oraciones me seguían llegando; mientras yo anhelaba darle el encuentro al más allá. La espera era una angustia. Una cruel tortura. ¡Qué frío sentía! Sabía que estaba temblando. Sentía mis dientes tiritar.
–…Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
La monotonía de las oraciones hizo que se agudizaran mis sentidos y a lo lejos percibí una luz. Sí, ¡una luz! Mis ojos se abrían y pude sentir que mi cuerpo temblaba y a la vez que un hormigueo carcomía mi muslo izquierdo. ¿Acaso estaba vivo? No lo podía precisar. Quizá entre la muerte y la vida no existían diferencias. Todo era tan borroso a mi alrededor y de pronto pude notar que una sombra se me acercaba. ¿Sería San Pedro o Caronte el que venía por mí? ¡Dios!; quería que esos rezos infernales cesaran de una vez. Mis nervios estaban a punto de estallar.
–Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…
De repente la sombra tomó la forma de silueta humana y el temor que embargaba mi corazón se desvaneció al contemplar tanta belleza reunida en un solo rostro. Se trataba de una chiquilla que debía haber superado la pubertad hace pocos calendarios. ¿Estaba vivo o sería la seráfica criatura que me conduciría a las esferas celestiales?
–¿Cómo se siente? –me preguntó con pía dulzura, tanta que mi pecaminosa conducta no se la merecía. Yo no le supe responder. Mis ojos no dejaban de contemplarla y una lágrima gruesa corrió por mi cara al hacerme la idea de que en verdad estaba vivo. “¡Gracias, Dios mío! ¡Vivo!” Las plegarias llegaban a su fin y podía saborear el sabor del silencio.
Traté de incorporarme pero el agudo dolor en el muslo me lo impidió.
–Por favor, no se agite y quédese tranquilo –me dijo pidió y a mí me encantó notarla divinamente preocupada, quizá porque nunca había notado un gesto de preocupación tan espontáneo hacia mí, o porque quizá me recordaba a la preocupación que sentía la esposa de mi tío Baptiste al saberle en prisión y era su fuerza para seguir adelante…
–¿En dónde estoy?
–En el convento de las hermanas Clarisas en Burdeos.
–¡Burdeos! –me dije. Sabía que había caminado mucho pero no me imaginaba tanto.
–Gracias a Dios lo encontramos. Estaba a punto de sucumbir en la nieve –me dijo al tocar mis pómulos y constatar que seguían ardiendo por la fiebre.
–¿Cuánto tiempo llevo aquí?
–Desde ayer en la tarde… Ahora quédese quieto.
Su mano trató de retirarse de mi cara pero yo la atrapé en el aire y conseguí que sus dedos se entrecruzaran con los míos. Ella me miró asustada, como si se sintiese profanada. Intentó desligarse pero yo no se lo permití.
–¿Qué desea de una humilde esclava de Dios, señor? La pobre tenía miedo de mí. Se podía leer en su mirada inocente. Yo, sin soltarle la mano, levanté mi rostro casi hasta poder respirar su aliento.
–Sólo deseo que no me abandones y te quedes cerca. Siento mucha angustia dentro de mí y no creo resistir la soledad.
Ella inclinó su rostro ante mis palabras, pero cuando lo volvió a levantar, su semblante había cambiado y luchaba por desdibujar la sonrisa que se había posado en sus labios.
–No se preocupe, no lo haré –me respondió con la dosis de alegría que mi corazón necesitaba.
–No me dejes nunca… –le murmuré con suavidad, antes de cerrar los ojos y borrar de mí las huellas del dolor o la preocupación.
Al remover mi cabeza en el almohadón, me llegó la voz de mi madre que me advertía cada vez que tomaba una sirvienta y la despreciaba cuando obtenía de ella lo que quería: “Cuídate del amor que cuando llega, no conoce de clases ni condiciones…”
–¡Murió Luis XVI! ¡Murió Luis XVI! –repetía una de las religiosas lo que había oído de boca del despensero, por los pasillos del convento. La noticia no habría causado mayor revuelo entre esas mujeres dedicadas a Dios, sino fuera porque en esos días aciagos para el clero y la nobleza, era de vital importancia estar al tanto de lo que sucedía en la escena nacional. Parecía que esos malditos iban a destruir el mundo que habíamos construido con el filo de la guillotina.
Desde la ventana de mi habitación, que tenía una visión privilegiada del lugar, contemplé a las monjas dejando sus diarios quehaceres y congregándose alrededor de la pileta del patio principal para informarse, con lujo de detalles, de la mala novedad.
–¡Ya se levantó de nuevo! –me regañó mi novicia favorita apenas ingresó a la habitación con una bandeja que contenía una jarra de leche fresca de cabra y varios panecillos recién salidos del horno.
–Pasar las horas metido en una cama es como morir de a pocos.
–Veo que su pierna ya está mejor –me dijo al dejar la bandeja en el velador.
–Sí; la pierna la siento mejor pero por tu culpa siento que se muere mi corazón –le respondí al tomarle de la cintura.
–Por favor, no… –me dijo sin darme la cara, temiendo por mi fallido intento de robarle un beso como la vez pasada.
En la semana que había cumplido recluido en ese convento me había encargado que entre nosotros no existieran más formalismos clericales y mis manos se habían permitido rozar su piel. Esperaba con sinceridad que ella cometiera el sacrilegio de amarme y que sus votos a Dios no reprimieran su corazón.
–Quiero que entiendas que en verdad te amo.
–Por favor, señor, deje de insistir –me respondió con voz temblorosa, intentando escaparse de mí– Mi corazón está lleno de Dios, ¿en dónde podría haber cabida para vuestro amor?
–Yo no soy sino tú la que debes liberarte de tus complejos. No puede existir Dios tan perverso en el Universo que prohíba a sus hijas a amar y ser amadas –¡Yo no lo acepto! –le dije tajante mientras la tomaba de los hombros, ocasionando que palideciera y abriera los ojos al máximo.
–¡Suélteme, señor! –me suplicó y yo no le hice caso.
Tras un fugaz forcejeo, mis labios buscaron los suyos y sintieron un profano placer al desvirgarlos. Qué delicia fue posarme en ellos. Sentirlos humedecer en su primer contacto con el amor. Suavemente los fui entreabriendo con el cadencioso movimiento de mi boca. Ella hizo un último intento por desligarse, pero mis brazos la obligaron a adoptar una actitud más dócil, trastocando los forcejeos por devaneos. Fue un momento que me transportó al estado más puro y completo de la felicidad. Al cabo de los segundos nos fuimos desuniendo y mis ojos buscaron los suyos. Había un nuevo brillo en su forma de mirar.
–Juro que te amo como nunca he amado a nadie. Prométeme que dejarás los hábitos y te unirás a mí para siempre –le pedí al rozar su frente con mis labios. Ella inclinó la cabeza y la escondió en mi pecho. Mis dedos buscaron su mentón y levanté su rostro con suma delicadeza. Temblé cuando vi lágrimas recorriendo sus mejillas.
–Tengo mucho miedo, señor.
–Anda, tontita mía. Estoy seguro que Dios igual te seguirá amando si a mí me entregas tu vida.
Ella esbozó una sonrisa de compromiso y dejó que su frágil anatomía fuera cubierta por mis brazos. Dios no podía guardarme rencor por robarme de su harén a la más bella de sus esclavas.
Los primeros rayos del débil sol de invierno y el cotidiano cacareo de las aves de corral eran mi cotidiano despertar en ese ambiente monástico. Desde mi ventana todo se veía vestido de blanco y me brindaba de la paz necesaria para razonar y reflexionar. Mi alma estaba en completa armonía con la vida. Nunca antes había sentido algo parecido. Mientras tanto, mi pierna mejoraba gracias a los cuidados de mi dulce amor. Ya casi podía caminar y el dolor era soportable. Sabía que mi hora de partir se aproximaba, que era hora de darle el encuentro a mi familia que ojalá no hubiese encontrado impedimentos para cruzar los Pirineos y llegar a salvo a su destino. Ardía en deseo de presentarles a mi dulce amada aunque no la notara muy decidida a dejar su noviciado. “¡Haz caso de lo que dicta tu corazón!”, le repetía una y otra vez, pero ella me respondía con una actitud dubitativa que llegaba a exasperarme.
Una mañana, mis cavilaciones fueron interrumpidas por los golpes secos a la puerta. Con la intención de ponerle todo en claro a mi amada, erguí mi dorso en el espaldar de la cama y... grande fue mi sorpresa al ver a la madre superiora en compañía de un hombre alto, delgado y de rostro sereno y cansado.
–Señor Duchamp, le presento al padre Joseph Guillaume Chaminade. Ambos compartirán la habitación por unos días –me dijo esa mujer bajita, rechoncha y de voz mandona.
Al estrechar nuestras manos, dejamos entrever una futura empatía, impulsada por su mirada franca y su sonrisa fraternal.
La madre superiora, después de darle algunas indicaciones al sacerdote, se despidió deseándonos un buen día. El padre dejó pasar unos minutos y cuando creyó oportuno, se desvistió con pudorosa lentitud. Al quedar la parte superior de su cuerpo despojada de prendas, pude notar el grueso vendaje que cubría su hombro derecho.
–¿Problemas con la Revolución? –le pregunté al mismo tiempo que contrarrestaba el frío envolviéndome entre las frazadas.
–Así es, hijo mío, la situación es terrible. Somos impávidos testigos de una vesania que está convirtiendo a la nación en una carnicería –me respondió, mientras se preparaba para cobijarse en la cama.
Hubo un incómodo silencio que el mismo se encargó de romper cuando ya me daba la sensación de que se había quedado dormido
–¿Y usted por qué se refugia en este convento?
–Por el odio que mi familia y la de los Jospin se han prodigado por generaciones.
–¿Jospin? ¿Familia de Marcel Jospin el diputado?
–Exacto. Nos odiamos desde el siglo XVI, ¿sabe? Desde la llamada guerra de los Tres Enriques. Duchamp es mi apellido y en ese tiempo mis ancestros se mantuvieron fieles a la fe protestante y el rey Enrique IV les hizo entrega de las tierras que habían pertenecido a los Jospin, fieles a la causa católica de Enrique de Guisa. Han pasado doscientos años y ellos han persistido en reclamar nuestras tierras como si fuesen propias; hasta que Marcel Jospin, valiéndose de su cargo y su influencia con los jacobinos, injurió a mi padre y lo acusó de confabular contra la Revolución. Con pocas voces abogando por él, la Convención votó por su encarcelamiento y la expropiación de todas nuestras propiedades.
–¿Y cómo llegó hasta aquí?
–Aún no lo sé. Antes que la Convención emitiera su fallo, mis padres y mis hermanas prepararon la huida a España, a la casa de unos familiares en Cantabria. Como único hijo varón, mi padre me encomendó que supervisara que todos nuestros objetos de valor fueran embalados. Pero no tuve tiempo para nada. La Guardia Nacional irrumpió en la casa y si no fuera porque algunos leales empleados les hicieron frente, de seguro me hubieran apresado. Yo logré escapar al saltar de una ventana, pero me desgarré el muslo con la punta de la baranda. No me quedó más que reponerme al dolor y salir de la propiedad. Sé que perdí mucha sangre así que fue un milagro que llegara hasta aquí.
–Pues prepárese a huir de nuevo. La Guardia sigue a la caza de nobles y sacerdotes prófugos y andan husmeando en templos y conventos. Dentro de un día o dos partiré a Bayona donde unos amigos míos han prometido ampararme y creo que usted no tiene más elección que acompañarme. Si lo hallan aquí está muerto.
–¿Y por qué persiguen a los sacerdotes con tanto encono?
–No persiguen a todos, sólo a los que se negaron a jurar obediencia a la Constitución civil del Clero. Yo sólo le juré obediencia a las leyes de Dios. A nada más…
Fueron las últimas palabras que cruzamos. El padre perdió la batalla contra el cansancio y quedó profundamente dormido. Yo respeté su descanso e hice silencio. Pensaba que había llegado el momento de presionar y exigir una respuesta.
Esa misma tarde seguí a mi amada novicia sin que se percatara, hasta llegar a lo alto de la torre del convento. Nunca notó mi presencia por hallarse ensimismada, como si no quisiera formar parte de todo lo que la rodeaba.
–¿Por qué no entraste a misa? Sé que hace tiempo no participan de una –le dije apenas me coloqué a unos metros, tratando de hacerla retornar de sus pensamientos.
–No tengo ánimos de escuchar sermones –me respondió con inusual agresividad.
–Te noto distante. ¿Qué te pasa?
–Estoy confundida y todo por vuestra culpa. Me siento impura y no puedo entrar a la capilla y mirarle la cara a nuestro Señor. Ya no estoy segura de lo que quiero. Ya no estoy segura de nada.
–Yo sí estoy seguro de algo –le dije al tomarla con tenacidad de los brazos–. Ya no quiero que rindas pleitesía a nada ni a nadie. Sólo que me ames a mí y me adores. Quiero que el amor que profeso por ti lo conviertas en una doctrina.
Ella, acorde con el ambiente que nos rodeaba, adoptó una postura de hielo, como si mis palabras no tuviesen importancia. Picado por ello quise besarla y ni siquiera, como en otras ocasiones, puso resistencia a que mi boca se juntara con la suya; todo el tiempo suficiente para darme cuenta que no me deseaba corresponder.
Al separarnos quise entenderla. Profundice mi mirada en la suya pero la encontré más inexpresiva que nunca, ocasionando que se ahondara mi angustia. Quizá al presionarla yo mismo provocaba su rechazo así que decidí darle tiempo y me alejé de ella. Apoyé mis palmas en el borde de piedra e imité su estado contemplativo al perder mi mirada en el paisaje mortecino cubierto por la nieve. Al fondo se divisaban granjas, un camino por el que transitaba un carruaje cargado de heno y, entre los árboles desnudos, un grupo de uniformes azules marchando hacia el convento.
–¡Es la Guardia Nacional! ¿Los ves? –exclamé y mi novicia volvía a la vida y me daba la razón. Aguijoneado por el temor de verlos tan cerca, la tomé de la mano y bajé las gradas lo más rápido que pude, pero ella me soltó antes de llegar al patio. Sin detenerme a mirarla, yo seguí corriendo hasta ingresar a la capilla. El escándalo que ocasioné al pisar las baldosas obligó a que todas las miradas se posaran en mí.
–¡La Guardia Nacional! ¡Se acerca la Guardia Nacional! –exclamé apenas recobré el aliento y el pánico y la preocupación pareció adueñarse de los presentes.
Tuvo que ponerse la madre superiora de pie y subirse al altar para que su voz de mando prevaleciera y devolviera la quietud en la capilla.
–¡No hay nada que temer! Nuestra congregación goza de influencia en la Convención y nadie puede ingresar al convento así nomás.
–¿No será muy riesgoso para vosotras, madre? –preguntó el padre Chaminade sin que disminuya la ecuanimidad de su semblante.
–No se preocupe, padre, que buena soy yo para permitir que un blasfemo asome sus narices por aquí sin mi consentimiento –respondió la superiora.
Acto seguido, le indicó a dos monjas que la custodiaran hasta el pesado portón principal. Al ordenar que lo abrieran, su figura pequeña y rechoncha, pero con las manos en la cintura y la barbilla altiva, parecían suficientes para hacerles frente a diez oficiales montados a caballo. Todos desaseados y con los uniformes hechos una lástima.
–Buenas tardes, madre –saludó el que llevaba más galardones en su chaqueta desteñida–. Soy el capitán Mairesse y estoy a cargo de aprehender al padre Joseph Guillaume Chaminade. Sabemos que merodea por estos lugares y queremos saber si…
–¿Si es que está aquí, capitán? –cortó la superiora con tono de desafío– ¡Pues no está! Y le queda advertido que les está prohibido el ingreso.
–Lo siento, madre, pero debo cumplir con mi deber y…
–¡Atrévase a poner un solo pie dentro del convento y le aseguro que será destituido en menos de lo que se imagina! Por si no conoce de nuestras influencias, sepa que yo soy amiga personal del diputado Blachard y del mismísimo Robespierre. Una epístola mía y le aseguro que mañana estará tras las rejas por abuso de autoridad.
Escuchar el apellido de quien se hacía llamar «El Incorruptible» en la Francia del Terror, hizo que el capitán Mairesse no forzara su ingreso en el sacro recinto y diera media vuelta. Mejor informarse bien antes que poner en riesgo su carrera militar.
–Está bien, madre, nos vamos pero volveremos con una autorización firmada por nuestros superiores en Burdeos. Allí no habrá bravuconadas que valgan.
–Lo espero con los brazos abiertos, capitán –respondió la superiora con sarcasmo e incluso se despidió agitando la mano. Se sabía ganadora de la confrontación pero consideró cauto tomar las acciones para no conceder ninguna revancha.
–¡Apuraos que la Guardia no tarda! –exclamó la superiora apenas el padre Chaminade abrió la puerta de la habitación y yo finalizaba de rasurar mi barba de varios días.
Las monjas que la acompañaban no pudieron disimular sus risas burlonas por nuestra apariencia y el padre, afirmándose la toca en la cabeza, se reía también. De seguro que nos veíamos ridículos vestidos con hábitos femeninos pero no teníamos muchas alternativas para tomar el camino a Bayona.
–Desde los tiempos en que cuatro cátaros huyeron del asedio de Montségur, el sur de Francia no había conocido una fuga más descabellada –bromeó Chaminade, interrumpiendo sin querer las indicaciones de la madre superiora.
–Las monjas los acompañarán hasta el bosque y allí se quitarán los hábitos y seguirán solos. Dios está con nosotros y hará que la luna ilumine el camino hasta los viñedos de Saint Pierre. Allí buscarán al señor André Petit y le entregarán esta carta que os entrego. Estoy segura que os brindará refugio y todo lo que necesitéis.
–Las monjas los acompañarán hasta el bosque y allí se quitarán los hábitos y seguirán solos. Dios está con nosotros y confío que el brillo de la luna iluminará el camino hasta llegar a los viñedos de Saint Bertrand. Allí preguntarán por el señor André Petit y le entregarán esta carta que os entrego. Estoy segura que os brindará refugio y todo lo que necesitéis.
Al descender por las escaleras y abrirse las puertas traseras del convento de par en par, sólo hubo tiempo para despedirse de tanta atención con un abrazo y un “vayan con Dios”. La caravana conformada por los dos y ocho monjas, entre ellas mi amada novicia, partió rumbo al bosque, mientras empezaba a oscurecer y un tétrico ventarrón sacudía nuestras vestimentas.
–Aún queda luz para leer el misal –sugirió el padre y todos ocultamos la mirada en el libro que llevábamos entre las manos. De reojo observé a mi novicia y me pregunté si volvería a reaccionar mal si le dirigía la palabra. Faltaba mucho para llegar al bosque o quizá faltaba poco si quería lograr que abriera los ojos.
–¡Oh, Dios mío! –exclamó el padre y todos levantamos la mirada, contagiándonos de inmediato de su lívida expresión.
Desde la colina un oficial de la Guardia Nacional, obeso y de aspecto desagradable, se acercó a nosotros con talante amenazador, armado de un mosquete provisto de una bayoneta larga y filosa. Si la presa del capitán Mairesse estaba entre las paredes del convento, no dejaría que se escapara fácilmente, por ello apostó a un custodio en cada una de las puertas.
–¡Deteneos, hermanas! –nos ordenó apenas estuvo a suficiente distancia–. El clima no está como para pasear por el bosque.
Al llegar hasta nuestra posición, el oficial nos golpeó con el insoportable aliento etílico que emanaba y se puso a pasar revista a las monjas que iban delante de nosotros. Al contemplar a mi ángel divino, sus ojos se desorbitaron de gusto y con brusquedad la tomó de un brazo y la atrajo hacia él.
–¿Cómo te llamas, pequeña? El hábito que llevas poco favor le hace a tu belleza.
–Déjeme, señor, se lo suplico –le pidió quebrándose de temor.
Mas ese patán, en vez de conmoverse, se enardeció aún más e impregnó los labios de mi amada con su saliva asquerosa, haciéndome hervir la cabeza en una mezcla de furia e impotencia. No sé de cuánto tiempo se valió para ejecutar su infamia, pero me parecieron interminables y me carcomía la indecisión de tener o no tener la suficiente distancia para arremeter en contra del profanador.
–Búscame si deseas que alguien te enseñe a besar –le dijo al dejarla de lado con un fuerte empujón que la devolvió a la hilera y continuó su revisión.
Pasó por otra monja que le atrajo y quiso besarla, pero al mostrarle resistencia la dejó de lado. Llegó hasta la que estaba delante de mí y, finalmente, se quedó observándome, primero con duda, luego con una certeza que lo delató y no me quedó más remedio que luchar por mi vida. Antes que pudiera alzar su mosquete, me abalancé hacia él y colisioné su rostro con mi frente, haciéndolo tambalear y soltar su arma. Sin embargo y a pesar que le había reventado las fosas nasales y la sangre le caía a borbotones, el oficial se recuperó casi de inmediato y quiso desenvainar el sable que llevaba a la cintura. Yo colisioné mis puños en su abdomen y al inclinarse tomé sus cabellos y dirigí su cabeza hacia mi rodilla, impactándole de nuevo en la cara.
El desgraciado ya no pudo enfrentarme. Estiró inútilmente los brazos con la intención de impactarme, pero se derrumbó en la nieve, entre un mar de maldiciones. Entonces yo tomé su mosquete y dirigí la punta de la bayoneta hacia su cuello. Quise que pagara con su vida el ultraje que había sufrido mi amada y Francia entera a manos de animales como él.
–No manches tus manos con sangre, muchacho –me pidió el padre Chaminade acercándose a mí. Mas ciego por la ira, hice caso omiso de sus palabras.
–Aristide, por favor… –me lo solicitó ella, pronunciando mi nombre por primera y única vez. Sus manos se posaron en mis brazos y apaciguaron mi ira. Al mirarla no pude evitar atender su pedido de piedad y dejé que el arma cayera en la nieve.
–Ya oscureció y es peligroso que permanezcan aquí –les dijo el padre al grupo de religiosas–. Vuelvan al convento que el señor Duchamp y yo podemos proseguir solos.
Despidiéndose rápidamente las monjas de nosotros, el padre se despojó del hábito y tomó dirección al bosque y me invitó a seguirlo con una seña. Sin embargo, yo corrí hacia mi novicia y la tomé del brazo.
–Vamos, ven conmigo –le rogué y ella apenas si levantó la mirada para verme.
–A Dios le hice la promesa de darle mi vida entera –fue su respuesta y yo, lleno de desesperación, intenté retenerla pero ella logró soltarse de mis brazos y a paso raudo se alejó de mí, buscando protección entre sus compañeras. Yo me quedé un buen rato observándola en la oscuridad, hasta que desapareció tras las puertas del claustro que ella había elegido para vivir y morir.
–¡Hey, Aristide! –me llamó el padre Chaminade a pocos metros para internarse en el bosque, comprendiendo pero fingiendo no comprender la aflicción que me invadía.
Lentamente di la media vuelta y seguí mi camino. Los años han transcurrido y mi amor por ella no ha disminuido. He vagado por estas regiones con la terca esperanza de que mis palabras trasciendan las paredes de ese convento, pero hasta hoy mis intentos han sido infructuosos…
Atendido el pedido de clemencia del padre Chaminade, la vida de ese miserable fue perdonada y dejada en libertad bajo la promesa solemne de no insistir en la propagación de sus ideas heréticas. Años después, a principios de 1830, el obispo de Burdeos me informó de su deceso y de su sepelio al que asistió el siempre bienintencionado Chaminade, un par de frailes de su cofradía y Marie Draganac …madre superiora del convento de las clarisas.
Junio 1989
Conocedor de mi fiel vocación al servicio de Dios, el cardenal me encomendó erradicar las ideas heréticas de los albigenses y otros oscuros predicadores que se aprovechaban de la ignorancia de la plebe para profanar las palabras de nuestro Señor a lo largo de los Pirineos. Al hallarme en Burdeos, fue arrestado y llevado a mi presencia, un blasfemo que se hacía llamar Volteron –en alusión a François Marie Arouet– que pregonaba a viva voz que María Magdalena había sido esposa de Jesucristo, que tras la crucifixión huyó y se refugió en el sur de Francia y que su descendencia había dado origen a la dinastía merovingia.
Azotado y obligado a abjurar de sus apostasías, el hereje confesó que él no era más que difusor de lo que había aprendido de una comunidad clandestina en Carcasona a la que se negó delatar. Para menguar su castigo, me aseguró que su predica no combatía al catolicismo y que creía en Cristo como salvador de la humanidad; pero también aceptaba como verdad que Cristo hecho carne, se enamoró y se casó, según la tradición judaica de su tiempo, y nunca predicó ni recomendó el celibato por ser contrario a la voluntad divina de “Creced y multiplicaos”.
Gracias a los poderes conferidos y pactados con la autoridad civil, Volteron fue condenado a muerte por el delito de atentar contra el patrimonio de la Iglesia, al pintar en paredes de templos y conventos, mensajes que subvierten la Fe. Sin embargo, un sacerdote de apellido Chaminade, que acababa de fundar una congregación bajo el nombre de la sagrada Virgen, intercedió por él y sostuvo que la demencia no era suficiente motivo para acabar con la vida de un reo.
–Hace mucho que conozco a este individuo y puedo aseverar que su móvil no es destruir a la Iglesia Católica como institución. Este hombre lo que padece es pena por un amor no correspondido.
Chaminade lo tomó con ternura y levantó su rostro poblado de una barba encanecida y marchita, quedando sus ojos ante mí.
–Deja el disfraz de Volteron el blasfemo y deja que hable el joven Aristide Duchamp que yo conocí. Cuéntales de aquel invierno, en los lejanos días de la revolución, cuando una historia de amor quedó plasmada en los cuadernos de tu memoria…
No recuerdo cuán larga fue la distancia que recorrí. Llevaba la pierna desgarrada, a merced del frío, dejando un rastro de sangre en la gruesa capa de nieve. Mi andar se tornaba cansino a medida que sentía mis huesos entumecidos, mis músculos acalambrados y mis pies húmedos y adoloridos. Ante mis ojos sólo hallaba uno que otro árbol raquítico en medio de tanta desolación, lo que minaba mis fuerzas y mi resistencia. Mi cabeza giraba y un intenso desgano me decía que seguir era en vano. La invitación a desplomarme, quizá para siempre, ya no me parecía dramática, sino más bien placentera y sin darme cuenta mi cuerpo se dejó caer y lo último que sentí fue el beso que mi rostro recibió de la nieve. “¡Qué venga la muerte!”, me dije sin ninguna angustia, aguardando que su encuentro no sea lento ni doloroso.
Sumido en la inconsciencia, no sé por cuánto tiempo, en mi mente revolotearon imágenes lozanas de mi adolescencia, época dorada de mi vida, en la que no conocía de lamentos y sufrimientos. Envuelto en ese estado onírico, qué ganas sentía de romper a gritar, de amar, de seguir cabalgando por la vida…
–Dios te salve, María. Llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús…
¡Vaya! Escuchaba palabras. Parecía que lejos de lo sostenido por Voltaire, sí existe una ciudad de Dios en donde confluyen todas las plegarias que le hacen a la madre de la cristiandad. Presté más atención y distinguí voces femeninas, demasiado guturales para ser angelicales. Las sentí acercarse. Cada vez más. Quise entonces arrepentirme por haber vivido una vida disipada y por haberme burlado de lo que los sacerdotes predicaban. Todo era tan oscuro y las oraciones me seguían llegando; mientras yo anhelaba darle el encuentro al más allá. La espera era una angustia. Una cruel tortura. ¡Qué frío sentía! Sabía que estaba temblando. Sentía mis dientes tiritar.
–…Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
La monotonía de las oraciones hizo que se agudizaran mis sentidos y a lo lejos percibí una luz. Sí, ¡una luz! Mis ojos se abrían y pude sentir que mi cuerpo temblaba y a la vez que un hormigueo carcomía mi muslo izquierdo. ¿Acaso estaba vivo? No lo podía precisar. Quizá entre la muerte y la vida no existían diferencias. Todo era tan borroso a mi alrededor y de pronto pude notar que una sombra se me acercaba. ¿Sería San Pedro o Caronte el que venía por mí? ¡Dios!; quería que esos rezos infernales cesaran de una vez. Mis nervios estaban a punto de estallar.
–Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…
De repente la sombra tomó la forma de silueta humana y el temor que embargaba mi corazón se desvaneció al contemplar tanta belleza reunida en un solo rostro. Se trataba de una chiquilla que debía haber superado la pubertad hace pocos calendarios. ¿Estaba vivo o sería la seráfica criatura que me conduciría a las esferas celestiales?
–¿Cómo se siente? –me preguntó con pía dulzura, tanta que mi pecaminosa conducta no se la merecía. Yo no le supe responder. Mis ojos no dejaban de contemplarla y una lágrima gruesa corrió por mi cara al hacerme la idea de que en verdad estaba vivo. “¡Gracias, Dios mío! ¡Vivo!” Las plegarias llegaban a su fin y podía saborear el sabor del silencio.
Traté de incorporarme pero el agudo dolor en el muslo me lo impidió.
–Por favor, no se agite y quédese tranquilo –me dijo pidió y a mí me encantó notarla divinamente preocupada, quizá porque nunca había notado un gesto de preocupación tan espontáneo hacia mí, o porque quizá me recordaba a la preocupación que sentía la esposa de mi tío Baptiste al saberle en prisión y era su fuerza para seguir adelante…
–¿En dónde estoy?
–En el convento de las hermanas Clarisas en Burdeos.
–¡Burdeos! –me dije. Sabía que había caminado mucho pero no me imaginaba tanto.
–Gracias a Dios lo encontramos. Estaba a punto de sucumbir en la nieve –me dijo al tocar mis pómulos y constatar que seguían ardiendo por la fiebre.
–¿Cuánto tiempo llevo aquí?
–Desde ayer en la tarde… Ahora quédese quieto.
Su mano trató de retirarse de mi cara pero yo la atrapé en el aire y conseguí que sus dedos se entrecruzaran con los míos. Ella me miró asustada, como si se sintiese profanada. Intentó desligarse pero yo no se lo permití.
–¿Qué desea de una humilde esclava de Dios, señor? La pobre tenía miedo de mí. Se podía leer en su mirada inocente. Yo, sin soltarle la mano, levanté mi rostro casi hasta poder respirar su aliento.
–Sólo deseo que no me abandones y te quedes cerca. Siento mucha angustia dentro de mí y no creo resistir la soledad.
Ella inclinó su rostro ante mis palabras, pero cuando lo volvió a levantar, su semblante había cambiado y luchaba por desdibujar la sonrisa que se había posado en sus labios.
–No se preocupe, no lo haré –me respondió con la dosis de alegría que mi corazón necesitaba.
–No me dejes nunca… –le murmuré con suavidad, antes de cerrar los ojos y borrar de mí las huellas del dolor o la preocupación.
Al remover mi cabeza en el almohadón, me llegó la voz de mi madre que me advertía cada vez que tomaba una sirvienta y la despreciaba cuando obtenía de ella lo que quería: “Cuídate del amor que cuando llega, no conoce de clases ni condiciones…”
–¡Murió Luis XVI! ¡Murió Luis XVI! –repetía una de las religiosas lo que había oído de boca del despensero, por los pasillos del convento. La noticia no habría causado mayor revuelo entre esas mujeres dedicadas a Dios, sino fuera porque en esos días aciagos para el clero y la nobleza, era de vital importancia estar al tanto de lo que sucedía en la escena nacional. Parecía que esos malditos iban a destruir el mundo que habíamos construido con el filo de la guillotina.
Desde la ventana de mi habitación, que tenía una visión privilegiada del lugar, contemplé a las monjas dejando sus diarios quehaceres y congregándose alrededor de la pileta del patio principal para informarse, con lujo de detalles, de la mala novedad.
–¡Ya se levantó de nuevo! –me regañó mi novicia favorita apenas ingresó a la habitación con una bandeja que contenía una jarra de leche fresca de cabra y varios panecillos recién salidos del horno.
–Pasar las horas metido en una cama es como morir de a pocos.
–Veo que su pierna ya está mejor –me dijo al dejar la bandeja en el velador.
–Sí; la pierna la siento mejor pero por tu culpa siento que se muere mi corazón –le respondí al tomarle de la cintura.
–Por favor, no… –me dijo sin darme la cara, temiendo por mi fallido intento de robarle un beso como la vez pasada.
En la semana que había cumplido recluido en ese convento me había encargado que entre nosotros no existieran más formalismos clericales y mis manos se habían permitido rozar su piel. Esperaba con sinceridad que ella cometiera el sacrilegio de amarme y que sus votos a Dios no reprimieran su corazón.
–Quiero que entiendas que en verdad te amo.
–Por favor, señor, deje de insistir –me respondió con voz temblorosa, intentando escaparse de mí– Mi corazón está lleno de Dios, ¿en dónde podría haber cabida para vuestro amor?
–Yo no soy sino tú la que debes liberarte de tus complejos. No puede existir Dios tan perverso en el Universo que prohíba a sus hijas a amar y ser amadas –¡Yo no lo acepto! –le dije tajante mientras la tomaba de los hombros, ocasionando que palideciera y abriera los ojos al máximo.
–¡Suélteme, señor! –me suplicó y yo no le hice caso.
Tras un fugaz forcejeo, mis labios buscaron los suyos y sintieron un profano placer al desvirgarlos. Qué delicia fue posarme en ellos. Sentirlos humedecer en su primer contacto con el amor. Suavemente los fui entreabriendo con el cadencioso movimiento de mi boca. Ella hizo un último intento por desligarse, pero mis brazos la obligaron a adoptar una actitud más dócil, trastocando los forcejeos por devaneos. Fue un momento que me transportó al estado más puro y completo de la felicidad. Al cabo de los segundos nos fuimos desuniendo y mis ojos buscaron los suyos. Había un nuevo brillo en su forma de mirar.
–Juro que te amo como nunca he amado a nadie. Prométeme que dejarás los hábitos y te unirás a mí para siempre –le pedí al rozar su frente con mis labios. Ella inclinó la cabeza y la escondió en mi pecho. Mis dedos buscaron su mentón y levanté su rostro con suma delicadeza. Temblé cuando vi lágrimas recorriendo sus mejillas.
–Tengo mucho miedo, señor.
–Anda, tontita mía. Estoy seguro que Dios igual te seguirá amando si a mí me entregas tu vida.
Ella esbozó una sonrisa de compromiso y dejó que su frágil anatomía fuera cubierta por mis brazos. Dios no podía guardarme rencor por robarme de su harén a la más bella de sus esclavas.
Los primeros rayos del débil sol de invierno y el cotidiano cacareo de las aves de corral eran mi cotidiano despertar en ese ambiente monástico. Desde mi ventana todo se veía vestido de blanco y me brindaba de la paz necesaria para razonar y reflexionar. Mi alma estaba en completa armonía con la vida. Nunca antes había sentido algo parecido. Mientras tanto, mi pierna mejoraba gracias a los cuidados de mi dulce amor. Ya casi podía caminar y el dolor era soportable. Sabía que mi hora de partir se aproximaba, que era hora de darle el encuentro a mi familia que ojalá no hubiese encontrado impedimentos para cruzar los Pirineos y llegar a salvo a su destino. Ardía en deseo de presentarles a mi dulce amada aunque no la notara muy decidida a dejar su noviciado. “¡Haz caso de lo que dicta tu corazón!”, le repetía una y otra vez, pero ella me respondía con una actitud dubitativa que llegaba a exasperarme.
Una mañana, mis cavilaciones fueron interrumpidas por los golpes secos a la puerta. Con la intención de ponerle todo en claro a mi amada, erguí mi dorso en el espaldar de la cama y... grande fue mi sorpresa al ver a la madre superiora en compañía de un hombre alto, delgado y de rostro sereno y cansado.
–Señor Duchamp, le presento al padre Joseph Guillaume Chaminade. Ambos compartirán la habitación por unos días –me dijo esa mujer bajita, rechoncha y de voz mandona.
Al estrechar nuestras manos, dejamos entrever una futura empatía, impulsada por su mirada franca y su sonrisa fraternal.
La madre superiora, después de darle algunas indicaciones al sacerdote, se despidió deseándonos un buen día. El padre dejó pasar unos minutos y cuando creyó oportuno, se desvistió con pudorosa lentitud. Al quedar la parte superior de su cuerpo despojada de prendas, pude notar el grueso vendaje que cubría su hombro derecho.
–¿Problemas con la Revolución? –le pregunté al mismo tiempo que contrarrestaba el frío envolviéndome entre las frazadas.
–Así es, hijo mío, la situación es terrible. Somos impávidos testigos de una vesania que está convirtiendo a la nación en una carnicería –me respondió, mientras se preparaba para cobijarse en la cama.
Hubo un incómodo silencio que el mismo se encargó de romper cuando ya me daba la sensación de que se había quedado dormido
–¿Y usted por qué se refugia en este convento?
–Por el odio que mi familia y la de los Jospin se han prodigado por generaciones.
–¿Jospin? ¿Familia de Marcel Jospin el diputado?
–Exacto. Nos odiamos desde el siglo XVI, ¿sabe? Desde la llamada guerra de los Tres Enriques. Duchamp es mi apellido y en ese tiempo mis ancestros se mantuvieron fieles a la fe protestante y el rey Enrique IV les hizo entrega de las tierras que habían pertenecido a los Jospin, fieles a la causa católica de Enrique de Guisa. Han pasado doscientos años y ellos han persistido en reclamar nuestras tierras como si fuesen propias; hasta que Marcel Jospin, valiéndose de su cargo y su influencia con los jacobinos, injurió a mi padre y lo acusó de confabular contra la Revolución. Con pocas voces abogando por él, la Convención votó por su encarcelamiento y la expropiación de todas nuestras propiedades.
–¿Y cómo llegó hasta aquí?
–Aún no lo sé. Antes que la Convención emitiera su fallo, mis padres y mis hermanas prepararon la huida a España, a la casa de unos familiares en Cantabria. Como único hijo varón, mi padre me encomendó que supervisara que todos nuestros objetos de valor fueran embalados. Pero no tuve tiempo para nada. La Guardia Nacional irrumpió en la casa y si no fuera porque algunos leales empleados les hicieron frente, de seguro me hubieran apresado. Yo logré escapar al saltar de una ventana, pero me desgarré el muslo con la punta de la baranda. No me quedó más que reponerme al dolor y salir de la propiedad. Sé que perdí mucha sangre así que fue un milagro que llegara hasta aquí.
–Pues prepárese a huir de nuevo. La Guardia sigue a la caza de nobles y sacerdotes prófugos y andan husmeando en templos y conventos. Dentro de un día o dos partiré a Bayona donde unos amigos míos han prometido ampararme y creo que usted no tiene más elección que acompañarme. Si lo hallan aquí está muerto.
–¿Y por qué persiguen a los sacerdotes con tanto encono?
–No persiguen a todos, sólo a los que se negaron a jurar obediencia a la Constitución civil del Clero. Yo sólo le juré obediencia a las leyes de Dios. A nada más…
Fueron las últimas palabras que cruzamos. El padre perdió la batalla contra el cansancio y quedó profundamente dormido. Yo respeté su descanso e hice silencio. Pensaba que había llegado el momento de presionar y exigir una respuesta.
Esa misma tarde seguí a mi amada novicia sin que se percatara, hasta llegar a lo alto de la torre del convento. Nunca notó mi presencia por hallarse ensimismada, como si no quisiera formar parte de todo lo que la rodeaba.
–¿Por qué no entraste a misa? Sé que hace tiempo no participan de una –le dije apenas me coloqué a unos metros, tratando de hacerla retornar de sus pensamientos.
–No tengo ánimos de escuchar sermones –me respondió con inusual agresividad.
–Te noto distante. ¿Qué te pasa?
–Estoy confundida y todo por vuestra culpa. Me siento impura y no puedo entrar a la capilla y mirarle la cara a nuestro Señor. Ya no estoy segura de lo que quiero. Ya no estoy segura de nada.
–Yo sí estoy seguro de algo –le dije al tomarla con tenacidad de los brazos–. Ya no quiero que rindas pleitesía a nada ni a nadie. Sólo que me ames a mí y me adores. Quiero que el amor que profeso por ti lo conviertas en una doctrina.
Ella, acorde con el ambiente que nos rodeaba, adoptó una postura de hielo, como si mis palabras no tuviesen importancia. Picado por ello quise besarla y ni siquiera, como en otras ocasiones, puso resistencia a que mi boca se juntara con la suya; todo el tiempo suficiente para darme cuenta que no me deseaba corresponder.
Al separarnos quise entenderla. Profundice mi mirada en la suya pero la encontré más inexpresiva que nunca, ocasionando que se ahondara mi angustia. Quizá al presionarla yo mismo provocaba su rechazo así que decidí darle tiempo y me alejé de ella. Apoyé mis palmas en el borde de piedra e imité su estado contemplativo al perder mi mirada en el paisaje mortecino cubierto por la nieve. Al fondo se divisaban granjas, un camino por el que transitaba un carruaje cargado de heno y, entre los árboles desnudos, un grupo de uniformes azules marchando hacia el convento.
–¡Es la Guardia Nacional! ¿Los ves? –exclamé y mi novicia volvía a la vida y me daba la razón. Aguijoneado por el temor de verlos tan cerca, la tomé de la mano y bajé las gradas lo más rápido que pude, pero ella me soltó antes de llegar al patio. Sin detenerme a mirarla, yo seguí corriendo hasta ingresar a la capilla. El escándalo que ocasioné al pisar las baldosas obligó a que todas las miradas se posaran en mí.
–¡La Guardia Nacional! ¡Se acerca la Guardia Nacional! –exclamé apenas recobré el aliento y el pánico y la preocupación pareció adueñarse de los presentes.
Tuvo que ponerse la madre superiora de pie y subirse al altar para que su voz de mando prevaleciera y devolviera la quietud en la capilla.
–¡No hay nada que temer! Nuestra congregación goza de influencia en la Convención y nadie puede ingresar al convento así nomás.
–¿No será muy riesgoso para vosotras, madre? –preguntó el padre Chaminade sin que disminuya la ecuanimidad de su semblante.
–No se preocupe, padre, que buena soy yo para permitir que un blasfemo asome sus narices por aquí sin mi consentimiento –respondió la superiora.
Acto seguido, le indicó a dos monjas que la custodiaran hasta el pesado portón principal. Al ordenar que lo abrieran, su figura pequeña y rechoncha, pero con las manos en la cintura y la barbilla altiva, parecían suficientes para hacerles frente a diez oficiales montados a caballo. Todos desaseados y con los uniformes hechos una lástima.
–Buenas tardes, madre –saludó el que llevaba más galardones en su chaqueta desteñida–. Soy el capitán Mairesse y estoy a cargo de aprehender al padre Joseph Guillaume Chaminade. Sabemos que merodea por estos lugares y queremos saber si…
–¿Si es que está aquí, capitán? –cortó la superiora con tono de desafío– ¡Pues no está! Y le queda advertido que les está prohibido el ingreso.
–Lo siento, madre, pero debo cumplir con mi deber y…
–¡Atrévase a poner un solo pie dentro del convento y le aseguro que será destituido en menos de lo que se imagina! Por si no conoce de nuestras influencias, sepa que yo soy amiga personal del diputado Blachard y del mismísimo Robespierre. Una epístola mía y le aseguro que mañana estará tras las rejas por abuso de autoridad.
Escuchar el apellido de quien se hacía llamar «El Incorruptible» en la Francia del Terror, hizo que el capitán Mairesse no forzara su ingreso en el sacro recinto y diera media vuelta. Mejor informarse bien antes que poner en riesgo su carrera militar.
–Está bien, madre, nos vamos pero volveremos con una autorización firmada por nuestros superiores en Burdeos. Allí no habrá bravuconadas que valgan.
–Lo espero con los brazos abiertos, capitán –respondió la superiora con sarcasmo e incluso se despidió agitando la mano. Se sabía ganadora de la confrontación pero consideró cauto tomar las acciones para no conceder ninguna revancha.
–¡Apuraos que la Guardia no tarda! –exclamó la superiora apenas el padre Chaminade abrió la puerta de la habitación y yo finalizaba de rasurar mi barba de varios días.
Las monjas que la acompañaban no pudieron disimular sus risas burlonas por nuestra apariencia y el padre, afirmándose la toca en la cabeza, se reía también. De seguro que nos veíamos ridículos vestidos con hábitos femeninos pero no teníamos muchas alternativas para tomar el camino a Bayona.
–Desde los tiempos en que cuatro cátaros huyeron del asedio de Montségur, el sur de Francia no había conocido una fuga más descabellada –bromeó Chaminade, interrumpiendo sin querer las indicaciones de la madre superiora.
–Las monjas los acompañarán hasta el bosque y allí se quitarán los hábitos y seguirán solos. Dios está con nosotros y hará que la luna ilumine el camino hasta los viñedos de Saint Pierre. Allí buscarán al señor André Petit y le entregarán esta carta que os entrego. Estoy segura que os brindará refugio y todo lo que necesitéis.
–Las monjas los acompañarán hasta el bosque y allí se quitarán los hábitos y seguirán solos. Dios está con nosotros y confío que el brillo de la luna iluminará el camino hasta llegar a los viñedos de Saint Bertrand. Allí preguntarán por el señor André Petit y le entregarán esta carta que os entrego. Estoy segura que os brindará refugio y todo lo que necesitéis.
Al descender por las escaleras y abrirse las puertas traseras del convento de par en par, sólo hubo tiempo para despedirse de tanta atención con un abrazo y un “vayan con Dios”. La caravana conformada por los dos y ocho monjas, entre ellas mi amada novicia, partió rumbo al bosque, mientras empezaba a oscurecer y un tétrico ventarrón sacudía nuestras vestimentas.
–Aún queda luz para leer el misal –sugirió el padre y todos ocultamos la mirada en el libro que llevábamos entre las manos. De reojo observé a mi novicia y me pregunté si volvería a reaccionar mal si le dirigía la palabra. Faltaba mucho para llegar al bosque o quizá faltaba poco si quería lograr que abriera los ojos.
–¡Oh, Dios mío! –exclamó el padre y todos levantamos la mirada, contagiándonos de inmediato de su lívida expresión.
Desde la colina un oficial de la Guardia Nacional, obeso y de aspecto desagradable, se acercó a nosotros con talante amenazador, armado de un mosquete provisto de una bayoneta larga y filosa. Si la presa del capitán Mairesse estaba entre las paredes del convento, no dejaría que se escapara fácilmente, por ello apostó a un custodio en cada una de las puertas.
–¡Deteneos, hermanas! –nos ordenó apenas estuvo a suficiente distancia–. El clima no está como para pasear por el bosque.
Al llegar hasta nuestra posición, el oficial nos golpeó con el insoportable aliento etílico que emanaba y se puso a pasar revista a las monjas que iban delante de nosotros. Al contemplar a mi ángel divino, sus ojos se desorbitaron de gusto y con brusquedad la tomó de un brazo y la atrajo hacia él.
–¿Cómo te llamas, pequeña? El hábito que llevas poco favor le hace a tu belleza.
–Déjeme, señor, se lo suplico –le pidió quebrándose de temor.
Mas ese patán, en vez de conmoverse, se enardeció aún más e impregnó los labios de mi amada con su saliva asquerosa, haciéndome hervir la cabeza en una mezcla de furia e impotencia. No sé de cuánto tiempo se valió para ejecutar su infamia, pero me parecieron interminables y me carcomía la indecisión de tener o no tener la suficiente distancia para arremeter en contra del profanador.
–Búscame si deseas que alguien te enseñe a besar –le dijo al dejarla de lado con un fuerte empujón que la devolvió a la hilera y continuó su revisión.
Pasó por otra monja que le atrajo y quiso besarla, pero al mostrarle resistencia la dejó de lado. Llegó hasta la que estaba delante de mí y, finalmente, se quedó observándome, primero con duda, luego con una certeza que lo delató y no me quedó más remedio que luchar por mi vida. Antes que pudiera alzar su mosquete, me abalancé hacia él y colisioné su rostro con mi frente, haciéndolo tambalear y soltar su arma. Sin embargo y a pesar que le había reventado las fosas nasales y la sangre le caía a borbotones, el oficial se recuperó casi de inmediato y quiso desenvainar el sable que llevaba a la cintura. Yo colisioné mis puños en su abdomen y al inclinarse tomé sus cabellos y dirigí su cabeza hacia mi rodilla, impactándole de nuevo en la cara.
El desgraciado ya no pudo enfrentarme. Estiró inútilmente los brazos con la intención de impactarme, pero se derrumbó en la nieve, entre un mar de maldiciones. Entonces yo tomé su mosquete y dirigí la punta de la bayoneta hacia su cuello. Quise que pagara con su vida el ultraje que había sufrido mi amada y Francia entera a manos de animales como él.
–No manches tus manos con sangre, muchacho –me pidió el padre Chaminade acercándose a mí. Mas ciego por la ira, hice caso omiso de sus palabras.
–Aristide, por favor… –me lo solicitó ella, pronunciando mi nombre por primera y única vez. Sus manos se posaron en mis brazos y apaciguaron mi ira. Al mirarla no pude evitar atender su pedido de piedad y dejé que el arma cayera en la nieve.
–Ya oscureció y es peligroso que permanezcan aquí –les dijo el padre al grupo de religiosas–. Vuelvan al convento que el señor Duchamp y yo podemos proseguir solos.
Despidiéndose rápidamente las monjas de nosotros, el padre se despojó del hábito y tomó dirección al bosque y me invitó a seguirlo con una seña. Sin embargo, yo corrí hacia mi novicia y la tomé del brazo.
–Vamos, ven conmigo –le rogué y ella apenas si levantó la mirada para verme.
–A Dios le hice la promesa de darle mi vida entera –fue su respuesta y yo, lleno de desesperación, intenté retenerla pero ella logró soltarse de mis brazos y a paso raudo se alejó de mí, buscando protección entre sus compañeras. Yo me quedé un buen rato observándola en la oscuridad, hasta que desapareció tras las puertas del claustro que ella había elegido para vivir y morir.
–¡Hey, Aristide! –me llamó el padre Chaminade a pocos metros para internarse en el bosque, comprendiendo pero fingiendo no comprender la aflicción que me invadía.
Lentamente di la media vuelta y seguí mi camino. Los años han transcurrido y mi amor por ella no ha disminuido. He vagado por estas regiones con la terca esperanza de que mis palabras trasciendan las paredes de ese convento, pero hasta hoy mis intentos han sido infructuosos…
Atendido el pedido de clemencia del padre Chaminade, la vida de ese miserable fue perdonada y dejada en libertad bajo la promesa solemne de no insistir en la propagación de sus ideas heréticas. Años después, a principios de 1830, el obispo de Burdeos me informó de su deceso y de su sepelio al que asistió el siempre bienintencionado Chaminade, un par de frailes de su cofradía y Marie Draganac …madre superiora del convento de las clarisas.
Junio 1989
